Revista Marcapasos - Historias que laten http://revistamarcapasos.com Marcapasos es una publicación venezolana de crónicas y reportajes Fri, 30 Dec 2011 12:03:40 +0000 en hourly 1 http://wordpress.org/?v=3.1.2 La Venecia mexicana que se muere http://revistamarcapasos.com/cronicas/la-venecia-mexicana-que-se-muere/ http://revistamarcapasos.com/cronicas/la-venecia-mexicana-que-se-muere/#comments Fri, 30 Dec 2011 12:03:40 +0000 JAIRO MARCOS Y Mª ÁNGELES FERNÁNDEZ http://revistamarcapasos.com/?p=4988 Una trajinera grácil y provocativa en la comisura de un embarcadero. Una de las cientos de trajineras que guardan estos rincones, uno de los nueve embarcaderos que otrora sirvieron a los campesinos para bajar a sus acequias y hoy atan la naturaleza a la gris silueta de la Ciudad de México. Xochimilco, resumido en el instante de la trajinera y el embarcadero, confía al turismo su futuro incierto.

La brisa prolonga las primeras notas de un grupo de mariachis haciéndolas infinitas. Aliviados por la ausencia de la mancha urbana inmediata, incluso los cielos honran la escena con luz transparente: la fuerza de lo natural cobra su expresión más genuina y también la más ingenua. Los mexicanos vienen a los canales a festejar, a olvidar que viven en la segunda urbe más poblada del planeta o en el verde campo, a no saber si navegan o pisan tierra firme. Son las señas de identidad de este rincón emblemático en el suroeste de la capital mexicana, Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1987, aunque hasta en dos ocasiones haya estado a punto de perder el título por su deterioro.

“La razón por la que Ciudad de México está donde está es Xochimilco”, adelanta el investigador del Instituto de Biología de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), Luis Zambrano, quien continúa así su explicación: “Es una de las zonas más bajas de la ciudad por lo que, en época de lluvias, se cargaban los sedimentos y se fertilizaba el sitio, y en la temporada seca se podía cultivar, generando civilización”.

Historia y leyenda se confunden para narrar el origen de México DF. Nacida sobre un islote del lago Texcoco allá por 1325, la escena de un águila devorando una serpiente sobre un nopal de tunas rojas indicó a los antepasados de los mexicas el lugar exacto de su nueva tierra. Los aztecas fueron quienes mejor y mayor provecho sacaron a los canales, principalmente a través de las chinampas, una suerte de jardines flotantes dedicados al cultivo de flores y verduras, gracias a la excelente fertilización natural que reciben. Es lo que se encontraron los españoles a su llegada a principios del siglo dieciséis. Medio de sustento y de comunicación, el agua es parte indivisible de la capital mexicana desde sus orígenes.

“Las grandes obras hidráulicas del valle de México se explican como respuesta al problema de las inundaciones que han asolado a la ciudad desde su fundación”, apunta Arsenio González, secretario técnico de proyectos del Programa Universitario de Estudios sobre la Ciudad-UNAM. Vivir literalmente sobre el agua dio un conocimiento especial a los habitantes de la urbe mexicana, quienes idearon diferentes métodos de construcción. Fue la época de las grandes calzadas que, elevadas sobre el lago, circulaban de norte a sur y de poniente a oriente, conectando la isla con el Valle de México. Pero todo lo que se construía terminaba hundiéndose paulatinamente.

“La colonia comprobó que se estaba inundando y que necesitaba más espacio, por lo que decidió secar algunas zonas para drenar la ciudad. Desde entonces ha sido un desastre”, confirma Luis Zambrano. El órdago contra la pachamama (la Madre Tierra para los pueblos indígenas) resultó excesivamente caro. Los hundimientos que a principios del sigloveinte no superaban los cinco centímetros anuales ascendieron a cincuenta centímetros en 1950. Y “el fenómeno también abarca algunos municipios conurbados”, escribe Arsenio González en su libro ¿Guerra por el agua en el Valle de México?

La delegación de Xochimilco desciende hoy a razón de treinta o cuarenta centímetros por año. Empezó entonces a bajar su cantidad de agua de forma drástica, lo que generó graves problemas agrícolas. Se apostó por abrir canales gigantes, superiores al centenar de metros de anchura, que son por los que circula el turismo. La segunda medida fue introducir agua para mejorar el flujo, produciendo así la primera gran extinción de una almeja endémica. “Las autoridades dijeron que era agua tratada pero la verdad es que los peces morían. Olía mal”, denuncia el presidente de la Asociación de Pescadores de Xochimilco, Roberto Altamirano.

La pesca dejó de ser un modo de vida. Se tornó una manera de resistir la adversidad, de rebelarse, de protestar, de escapar a lo intolerable. Hoy sobreviven menos de diez pescadores, entre ellos Altamirano: “Las autoridades hacen lo que quieren desde su despacho. Y si no resulta, toman la decisión contraria. Lo que más me molesta es que ellos están de paso, cumplen su ciclo y se van. Pero nosotros nos quedamos toda la vida en Xochimilco. Xochimilco es nuestra vida”.

La Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) decidió en los años setenta que la carpa y la tilapia eran vitales para aumentar la calidad proteica de la gente sin recursos. Y México se agarró a su clavo ardiendo para sacar adelante Xochimilco. “El problema de estas especies es que su rendimiento económico es muy bajo, por lo que se dejó de pescar y de repente se convirtieron en una plaga. Además, la zona se volvió Área Natural Protegida, por lo que por ley estaba prohibido pescar. La contradicción de políticas ha sido una constante”, indica Zambrano, el investigador de la UNAM.

Los estudios recientes confirman que bajo los ciento ochenta kilómetros de canales hay más de novecientas toneladas de pescado, con cerca de doscientos de peces exóticos. Si un pescador con suerte saca una tonelada al día y hay menos de diez pescadores, es obvio que las cuentas no salen. Porque la carpa y la tilapia desovan dos veces al año cientos de miles de pequeños huevos, que al mes están ya maduros para alimentarse. ¡Sobran peces y faltan pescadores! “La solución pasa por subsidiar la pesca intensiva, pagando a los pescadores no por el producto sino para que pesquen. El gran problema es qué hacemos con todo ese pescado. Y hay que hacerlo rápido porque se pudre”, explica Zambrano.

Flora y fauna de recuerdos imborrables, los canales de Xochimilco se han convertido hoy en el rincón predilecto para las celebraciones y los festejos. Sirve que hayan ganado el América, el Pumas o el Atlante, los tres equipos de fútbol más laureados de la capital; sirve que comience o finalice el curso escolar; sirve la fiesta de los quince años, tan popular en México; sirve tener nueva chamba (trabajo); sirve un fin de semana diferente con la familia; y sirve pasar una tarde de sábado echando unas chelas con los cuates (bebiendo cervezas con los amigos). Para todo tipo de festejos sirven hoy los canales, que gracias al turismo y la agricultura dan de comer a unas diez mil familias y que siguen siendo termómetro, granero y cimiento de la Ciudad.

El termómetro que regula que unas temperaturas ya de por sí bochornosas durante los meses de verano no se disparen a cotas desalmadas. El granero que produce comida no para la urbe completa pero sí para un porcentaje bastante alto. Y el cimiento de regulación para evitar más inundaciones todavía. Es además zona de aves acuáticas migratorias y el último reducto donde resiste el ajolote, un tipo de anfibio característico de la cultura mexicana.

Cerca de un millón de turistas visitaron el año pasado los canales de Xochimilco, menos de cien mil visitas al mes, “muy poco”, consideran las autoridades, para la oferta de mil doscientas trajineras existentes. De hecho, sólo dos de cada cien visitantes extranjeros se acercaron a la delegación, de acuerdo con el estudio ‘Perfil del turista 2010’. Xochimilco no figura ya entre los diez lugares más visitados del DF. La Secretaría de Turismo echa la culpa a que el concepto de paseo familiar se ha distorsionado, al caos vial que se genera para ingresar al centro de la delegación, donde se encuentran la mayoría de los embarcaderos, y a la pérdida del paisaje original de la zona chinampera.

Acompasados por rancheras, corridos y serenatas, los turistas disfrutan de un atractivo único y olvidan el resto. Las trajineras, que aparecieron en el ‘porfiriato’ (1876-1911) para agradar a las clases enriquecidas o catrines presentan un arco de madera decorado con motivos florales. Sus nombres, la mayoría femeninos (Penélope, Lupita, Margarita…), responden a la petición de los catrines para engalanar en nombre de alguna de sus prometidas o novias. Un techo de lámina sirve como refugio contra la lluvia y el sol. La tarifa única por trajinera es de doscientos pesos (unos catorce dólares), extras como la comida (ochenta pesos el menú típico –seis dólares-) y los mariachis (cien pesos –poco más de siete dólares-) aparte.

La Isla de las Muñecas no es una parada más en el camino. Ahoga las risas y calla las charlas. Exige silencio. Se trata de una chinampa decorada entre lo grosero y lo macabro por don Julián, ya fallecido. Una historia de apariciones, ahogamientos y la misteriosa protección de cientos de muñecas rescatadas del abandono. Por suerte o por desgracia, los detalles no caben en estas líneas. La ruta se reanuda.

La sensación de estar en plena selva sin salir de la ciudad es sobrecogedora. Hasta que cruzas la línea donde se detiene el turismo y empieza lo que sólo los lugareños, acompañados de forma esporádica por científicos, ven a diario. Roberto Altamirano conduce su lancha allí donde Xochimilco (topónimo náhuatl derivado de las palabras xōchi –flor- y mīl –campo cultivado-) pierde su casto nombre. Allí donde el agua no es azul sino de un tono verdoso-amarillento y ni siquiera fluye realmente. Allí donde la basura es una especie autóctona más.

La denuncia de Altamirano es clara: “La parte turística se ve bonita pero, un poco más allá, metes una red y da vergüenza. Como decimos aquí, ‘cara bonita, culo cagado’. El impacto económico de las visitas es muy bueno pero en términos de contaminación faltan muchas cosas por hacer. El problema muchas veces es del remero, que no tiene autoridad ni preparación suficiente para alertar de que no se tiren botes ni plásticos. Porque el impacto de una bolsa es mínimo pero cuando lo multiplicas por canoa es muy fuerte”.

El crecimiento de la mancha urbana amenaza con dejar a México huérfano de su Venecia, que se ahoga entre la contaminación y el asfalto. “Es el mayor peligro de Xochimilco, que para 2040 estará completamente urbanizado a la velocidad a la que estamos yendo. Cada metro que urbanizamos es un balazo en la sien. Lo positivo es que ya empieza a haber una conciencia y, tarde o temprano, la sociedad va a relacionar las inundaciones, el hundimiento y las altas temperaturas con el crecimiento horizontal. Hay motivos para la esperanza”, concluye Zambrano. Xochimilco se acaba y quizá en unos años su resumen nunca más sea el de la trajinera grácil y provocativa en la comisura de aquel embarcadero.

 

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Los venezolanos del 11S http://revistamarcapasos.com/cronicas/los-venezolanos-del-11s/ http://revistamarcapasos.com/cronicas/los-venezolanos-del-11s/#comments Sat, 17 Dec 2011 18:47:08 +0000 Clemente Balladares http://revistamarcapasos.com/?p=4979 En la Torre Norte

Los padres cantoneses de Jenny Seu Kueng Low Wong trabajaron durante muchos años, como muchos padres cantoneses, en un restaurante de comida china en Caracas. Su hija nació en la capital venezolana en agosto de 1976 y cursó primaria en un colegio en la urbanización Los Dos Caminos y en el colegio Católico Madre Matilde. Su hermana menor, Mary, asegura que su familia no era cristiana pero que Jenny participaba activamente en las actividades impulsadas por las monjas. “Era una gran estudiante”, subraya Mary, destreza que la llevó años más tarde a destacarse en los Estados Unidos.

A los doce años, la vida de Jenny cambió cuando una tía que vivía en Nueva York le ofreció la posibilidad de mudarse con ella a finales de 1988. Sus padres consintieron la idea y fue así como Jenny estudió secundaria en Brooklyn. Regresaba siempre a Venezuela durante las vacaciones de agosto y en navidades.

En el bachillerato, siempre resaltó  entre las diez mejores estudiantes. Continuó sus estudios en la Universidad de Nueva York. Al principio, le gustaba la medicina, pero terminó cursando Administración de Negocios. Se graduó en 1998.

Luego de buscar empleo en diversas empresas, decidió por optar al cargo de  asistente a la vicepresidencia de la aseguradora internacional Marsh & McLennan, la cual funcionaba en  los pisos 93 al 100 de la Torre Norte del World Trade Center. Cuando le preguntaban cómo se sentía, siempre respondía en perfecto castellano-venezolano “chévere, chévere”. Así la recuerda su compañero en la firma, Jonathan Limmer.

Sus conocidos dicen que era una mujer muy sociable y arriesgada, que viajó mucho por los Estados Unidos, sobre todo a California, donde visitaba a unos familiares y degustaba de buenos vinos, uno de sus grandes placeres.

Dicen también que le gustaba probar cosas nuevas. Una de las más osadas fue saltar en paracaídas. Su hermana Mary cuenta que deseaba conocer Europa y volver a Venezuela, pues en los últimos cuatro años, antes de la tragedia, no había podido regresar a su país natal.

Aquel 11 de septiembre de 2001, Jenny se levantó como siempre a las cinco y media de la madrugada, hizo ejercicios en la calle Whitehall, situada a diez minutos de la torre norte, compró un enorme café (Jenny amaba el café) en Starbucks y antes de las ocho y media ya estaba en su oficina del piso 100.

A las 7:59 desde el Aeropuerto de Boston salía el vuelo número 11 de American Airlines hacia Los Ángeles con 81 pasajeros a bordo de un Boeing 767. Cinco pasajeros eran secuestradores de la red Al Qaeda y estaban liderados por el egipcio Mohamed Atta, quien iniciaría el ataque. Los terroristas habían logrado pasar navajas con las que a las 8:14  acuchillaron un pasajero y dos azafatas y sometieron a los pilotos. Volaron media hora hasta el bajo Manhatan de Nueva York.

A las 8:46 el vuelo 11 se estrellaba en la Torre Norte entre el piso 93 y el 99. Jenny trabajaba en el nivel 100 donde estaba la vicepresidencia. Esa oficina miraba a la fachada norte que recibió todo el impacto. Los 295 empleados de esa firma debieron morir al instante.

Unas 1.344 personas se encontraban en esos niveles y en los superiores. El choque fue tan certero que todas las escaleras quedaron bloqueadas, hecho que impidió el escape hacia abajo. De Jenny nunca se supo más. Las personas en los pisos superiores sucumbieron a los incendios o escaparon de las llamas lanzándose por las ventanas para escoger otra muerte más rápida. A las 10:28 esa torre colapsó.

En la Torre Sur

El nombre tan inglés de John Howard Boulton Jr. pertenece a una larga tradición británica que identifica a una acaudalada familia en Venezuela. La historia relata que los primeros Boulton conocieron bien a Simón Bolívar: en una de sus embarcaciones trajeron los restos de El Libertador desde Colombia.

También uno de ellos fue mecenas del pintor Armando Reverón.

Howard, como usualmente lo llamaban, nació en Caracas en noviembre de 1971 y emigró a los Estados Unidos para estudiar una carrera. Se especializó en Marketing en la Universidad de Pensilvania.

Aunque vivía desde muy joven en ese país, visitaba con frecuencia los hatos que tenía la familia en Cojedes, en los llanos venezolanos. Howard se sentía como otro llanero más, aseguran sus allegados. Le gustaba cazar patos carreteros en las sabanas de la hacienda. Su otra gran pasión eran las carreras de Fórmula 1.

A los 26 años se casó con la islandesa Vigdis Ragnarsson y con ella tuvo un hijo que para septiembre de 2001 tenía once meses.

Su hermano Alfred y su suegro cuentan que esa mañana se despertó como siempre a las cinco de la madrugada para atender y jugar con su bebé. Luego del desayuno, se despidió y fue a su trabajo en el piso 84 de la Torre Sur en Manhattan. Laboraba desde 1994 para la compañía financiera Euro Brokers International, donde se dedicaba a fomentar enlaces con la Argentina y el resto de Latinoamérica para esa compañía.

Cuando Howard estaba llegando a su piso, a eso de las ocho de la mañana, desde el aeropuerto de Boston despegaba el vuelo 175 de United. Era otro Boeing 767 el cual tenía solo media hora en el aire cuando fue secuestrado y desviado hacia Nueva York. Los pilotos y una de las azafatas habían sido acuchillados por cinco terroristas. El piloto suicida era Marwan al-Shehhi, y Fayez Banihammad y tres saudíes más figuraron como los responsables del atentado.

A las 8:58 el avión descendió desde los 9.300 metros donde volaba erráticamente. Por poco choca con otro avión de la aerolínea Delta. El Control de Trafico Aéreo de Nueva York seguía el vuelo y había notificado de probable secuestro ante el silencio de radio y el desvío. El mismo radar notó el descenso a cinco mil pies por minuto, muy empinado y rápido para un jet comercial. El bimotor con sus 65 pasajeros se estrellaba a las 9:03  entre el piso 77 y el 85 de la Torre Sur, estallando violentamente debido a sus tanques de combustibles repletos. Esto no sólo destrozó el avión sino que provocó la muerte de las 637 personas que estaban en los niveles donde impactó. Únicamente 18 lograron escapar de esos pisos.

Howard tendría como una hora de haberse habituado a sus rutinas del comienzo de labores cuando su vida terminó. A las 8:46 se escuchó un zumbido de turbinas y la explosión en la Torre Norte. Por precaución se inicio la evacuación.

El caraqueño tuvo tiempo de avisar a su esposa por teléfono y colgó. Él y sus colegas intentaron bajar y en el piso de cambio de ascensores se les indicó que estaban cayendo muchos escombros y que mejor retornaran a la oficina. El resto lo cuenta Sakae Takushima, quien logró bajar del edificio. Era la novia de Manish Patel, un colega oriundo de la India amigo de Howard Boulton. Manish acompañó los minutos finales de Howard mientras hablaba por celular con su novia.

Cuando salían de la oficina se escuchó el rugido del avión sobre ellos, el cual debió cubrirlos durante los segundos previos al estallido. La enorme colisión sacudió la torre e inmediatamente siguió la detonación y el fuego. Ya los elevadores no funcionaban. Trataron de escapar entre los restos de las paredes, escaleras y pisos destruidos que se incendiaban. No hallaron un paso seguro escaleras abajo. Retornaron entonces a la oficina que empezaba a quemarse. Cinco minutos antes del colapso, Manish le dijo a Sakae: “¡Vamos a morir!”.

Fue lo último que se le escuchó. A las 9:59, los 415 metros del edificio se derrumbaron.

Requiem

La comunidad china en Caracas siempre le dedica una ceremonia a Jenny para la que se visten de blanco, al contrario de la usanza occidental. Su hermana creó un portal en Internet como tributo a su hermana.

Unos días después de la tragedia, en la Iglesia Don Bosco de Altamira de Caracas la familia Boulton asistió a una misa para recordar a Howard.

En marzo de 2002 se halló entre los escombros de la Torre Sur un brazo que llevaba en el dedo anular un anillo de matrimonio con la inscripción de Vigdis Ragnarsson. Sin duda era el del difunto Howard. Los restos fueron cremados y las cenizas regresaron a la familia en Venezuela. Fueron llevadas a la finca donde tanto tiempo pasó el joven Howard y el día del primer aniversario de la tragedia fueron enterradas cerca de un mango recién sembrado. El árbol dio tres retoños: uno lo sembró su hermano Alfred en el jardín del edificio donde vive en Caracas.

La madre de Howard, Renata Szokolowski, tuvo la determinación de rescatar parte de las cenizas y algo de la tierra de las raíces del mango antes de perder las fincas debido a una expropiación gubernamental. Las colocó en una pequeña urna de cerámica que guardaron por más de ocho años. Hace unos meses, Alfred recuperó la urna y se trasladó a una playa de La Sabana en el litoral central. Allí esparció las cenizas de Howard al mar. Cada 11 de septiembre irá a esa orilla del océano.

En el informe final que entregó el Departamento de Salud estadounidense y la Policía de Nueva York al año siguiente de la tragedia, la cifra total de víctimas en el WTC se fijó en 2.819, de los cuales 247 eran latinoamericanos.

Además de las dos víctimas venezolanas, Jenny Seu Kueng Low Wong de veinticinco años y John Howard Boulton Jr. de veintinueve, se dijo que habrían tres probables fallecidos más nacidos en el país: una pareja y otra mujer. Pero fueron declarados como desaparecidos.

Las notas iniciales del consulado, fechadas en octubre de 2001, revelan que la pareja Hernández iba a la sede del Chase Manhattan Bank que estaba a una cuadra del World Trade Center. Ellos y Natalie de la Cruz fueron retirados de las listas de víctimas recientemente tanto de la embajada de los EEUU en Caracas como en las del Memorial en los Estados Unidos, al igual que otro centenar de probables visitantes o personas en estatus indefinido que casualmente estaban esa mañana del martes 11 de septiembre de 2001 en los predios de las torres gemelas.

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Haití revisitado http://revistamarcapasos.com/cronicas/haiti-revisitado/ http://revistamarcapasos.com/cronicas/haiti-revisitado/#comments Sun, 13 Nov 2011 17:58:15 +0000 Maye Primera http://revistamarcapasos.com/?p=4970 Herosia jura, por Nuestra Señora de la Asunción, que Brunny, el menor sus cinco hijos, dejó de crecer el 12 de enero de 2010, a las 4:53 de la tarde, en el instante mismo en que Puerto Príncipe, la capital de Haití, tembló con un terremoto de siete grados en la escala Richter que mató a más de trescientas mil personas.

—Tiene cuatro años y míralo, parece de tres. No ha crecido ni un centímetro desde el día del terremoto. El niño no crece porque aún tiene miedo.

Lo que Herosia fue a pedir a las imágenes de los santos aún tapiadas bajo las ruinas de la Catedral de Notre Dame de L’Assomption, durante la misa que se celebró el 12 de enero de 2011 en honor a las víctimas que se tragó el seísmo, es que salven a su hijo de las llamas del miedo. Para que crezca robusto, como ella. Para que consiga el trabajo que ni ella, a sus treinta y cuatro años, ni el padre del niño han conseguido nunca. Para que, de grande, se largue de la sucia Rue de Sufill en el centro de Puerto Príncipe: el lugar donde estaba la casa de la familia y donde desde hace un año está la carpa con el logo de una agencia de cooperación en la que viven todos.   

 “Oh, señor / mi señor / ruego que tu amor esté con nosotros”.

Herosia encontró un espacio para rezar donde antes estaban las puertas de la catedral. Ni un escombro se ha movido desde que, hace un año exacto, el temblor la destrozó junto a la casa de  un millón y medio de haitianos. Sus vitrales siguen en el piso junto a los hierros de las columnas, del techo, de los dinteles. Hay más sombra bajo los sombreros de las mujeres que dentro de la cáscara de lo que alguna vez fue un templo. Pero la Iglesia son sus fieles, dice la biblia, y si eso es verdad la Iglesia de Puerto Príncipe es esa masa compacta, vestida de domingo, que alza las palmas blancas de las manos negras, que suda y huele a incienso, que canta y grita y se aprieta y se balancea bajo el sol de las nueve, en el lugar donde solían estar las escalinatas y la plazoleta.  

Con el resto de la ciudad pasa lo mismo: lo que la tierra no se tragó aquel enero, lo escupió a las calles y allí sigue. Las ventas de arroz robado a las misiones humanitarias. Las peluqueras y los barberos. Los especialistas en curar llantas ponchadas. Las mujeres que se agachan y orinan en la acera. La botella de whisky a cincuenta gourdes, que es poco más de un dólar. Las ofertas de ropa gringa de segunda mano. Y niños, muchos niños, que llenan la calzada de lunes a viernes con el uniforme de la escuela.  

Atrapadas entre el hacinamiento de las calles, van las tap-tap: las pick up que se encargan del transporte público en Puerto Príncipe. Atrapados en sus cabinas viajan treinta haitianos, donde sólo deberían viajar diez. Van o regresan de ningún trabajo.  El creole, la lengua haitiana, tiene una palabra para ese oficio duro que es no tener oficio: ‘degajé’. Viven del ‘degajé’ los hombres que escrutan en los escombros buscando metales, piezas eléctricas, cacharritos que luego puedan vender en las aceras. Viven del ‘degajé’ las mujeres que cocinan pollo y arroz con frijoles en cualquier esquina y venden el plato en cajitas de anime ‘para llevar’. ‘Degajé’ es buscarse la vida y, al final del día, siempre la consiguen.

—Aquí no todos hemos muerto. Hoy es el día de dar gloria a Dios.

El dios de Marie Rose Senestile no quedó atrapado en las ruinas de la catedral pero el temblor atrapó y mató al marido de una de sus hijas dentro de la casa donde vivían todos, que ya no existe, en el barrio de Carrefour Fieulle. Dejó vivos a sus cuatro hijos sin padre, a otro yerno y a un cuñado que, ahora, viven con ella en el campamento de la Plaza Toussaint Loverture, en los Campos de Marte, frente a las ruinas del Palacio Nacional de Gobierno. Marie-Rose tiene cuarenta y ocho años y los hijos que el señor le dio: el mayor tiene treinta y el menor, ocho. Ella es evangélica y predica la palabra de Dios en letra de kompa, una mezcla de reggae, merengue y salsa elevada al cielo desde los parlantes de un camión que recorre el centro y llega al cementerio principal. Allí, entre las tumbas, Shiler Saint Eloy está por darle la última pincelada al mural que armó sobre la fosa común, donde está enterrada una mínima parte de las trescientas mil víctimas del terremoto: cincuenta camiones rebosantes de cadáveres. Los demás están en las fosas comunes de Saint Christophe de Titanyen, a una hora  en auto desde Puerto Príncipe. Y hay más muertos, pero siguen tapiados entre las ruinas de sus casas y ninguna estadística ha sido capaz de contarlos. En el marco inferior deL boceto de Saint Eloy hay escombros, niños aplastados por bloques de concreto, llantas incendiadas, un ataúd. Sobre el ataúd, un hombre de traje y corbata cuenta un fajo de dólares. Sobre el hombre de traje se asoman dieciocho cabezas sin rostro.

—El del centro es René Preval (el ex Presidente de Haití) y los que están alrededor son los candidatos que buscan sustituirlo. A los que llegan o quieren llegar al Gobierno sólo les preocupa su interés personal.

Nicole Pierre se acerca para ver trabajar al artista. Se sienta en un bloque, sobre la enorme placa de cemento.  

—Justo aquí debajo están mi Junette, mi Johanna, mi Edison, mi Marie Helenne.

Son su tía, sus primos, su cuñada, que murieron en el número 4 de la Rue Lamivalle del barrio Carrefour Feuille. Ella, de unos treinta años, cargó con los cuerpos para sepultarlos aquí, para que no quedaran perdidos en las fosas comunes Saint Christophe de Titanyen. Ahora al menos tiene una tumba donde dejar sus flores plásticas. 

***

Haití ya era esto.

Era el epicentro de la pobreza occidental cuando el 12 de enero de 2010 la golpeó un terremoto de 38 segundos y 7° grados de intensidad en la escala Richter. Más del sesenta por ciento de los niños nacían anémicos, como sus madres anémicas. Y en los seis primeros meses de vida, miles de esos niños sufrían de una desnutrición crónica que restringió de por vida su capacidad de moverse y aprender.

Haití ya era esta tierra arrasada, seca, semi-desértica. Sus bosques ya habían sido talados y quemados para la prosperidad de los empresarios del carbón. Puerto Príncipe, desde hacía mucho, había dejado de oler a mar: ya era esta capital opaca, hedionda a aguas negras por las mañanas, a leña por las tardes y a plástico quemado por las noches. Congestionada por los buses escolares gringos de segunda mano, nublada por el polvo y la basura que arde.

Los haitianos ya creían en el vudú: la amalgama sincrética que usaron los esclavos africanos durante todo el siglo XIX para adorar a sus dioses disfrazándoles con el rostro de los santos cristianos. Ya las dictaduras de Francois Duvalier y su hijo Jean Claude se habían servido del vuduismo para dominar, para pretenderse hougans: sacerdotes capaces de conceder la gracia de la vida a los benditos o de castigar con la muerte a quienes merecieran su maldición. Las milicias duvalieristas –los leopardos, los tonton-macoutes—ya habían asesinado y torturado a miles de haitianos que se opusieron al régimen, no con el vudú sino con sus pistolas y machetes.

Haití también había fracasado en su intento por superar la ocupación norteamericana, que dominó el país entre 1915 y 1934, y por construir un sistema de gobierno democrático tras décadas de mandatarios militares. El primer presidente electo en votaciones libres y universales, el pastor Jean-Bertrand Aristide, había sido expulsado del país por un golpe de Estado que lo envió al exilio en Suráfrica en febrero de 2004. Porque Aristide, con su milicia de ‘chimerés’, también construyó para sí un gobierno violento y personalista.

Haití ya era toda esta tragedia que Dominic, a sus cuarenta y cinco años, sabe contar en cuatro idiomas: creole, francés, inglés, español. Una lengua por cada episodio fatal de 2010: el terremoto que arrasó en enero, los huracanes de agosto, la epidemia de cólera que comenzó en octubre y el caos político después de las fallidas elecciones presidenciales de noviembre. Es la única forma de sobrevivir en este trozo de isla que ya era así, dice: conocer muchas lenguas y trabajar para los extranjeros que vienen a ocupar, a mirar o a ayudar. Los días trágicos en Haití son todos, pero los que Dominic añora son los días del terremoto: cuando perdió su casa, a uno que otro familiar lejano y el pie derecho de su esposa. Los extraña porque nunca, como entonces, volteó el mundo a mirarlos con tanta atención.

***

Cuando Stefano Zannini llegó a Puerto Príncipe para hacerse cargo de la misión humanitaria de Médicos Sin Fronteras, en junio de 2009, había sólo tres ambulancias del gobierno en esta ciudad de tres millones de habitantes. En aquella época, anterior al terremoto, el presupuesto nacional de Haití ya dependía en un sesenta por ciento de las ayudas humanitarias de gobiernos y donantes extranjeros. Un tercio de la población, especialmente en zonas rurales, estaba obligada a caminar casi tres horas antes de llegar al ambulatorio médico más cercano. Una vez que llegaban, no encontraban doctores ni medicinas. Entonces, en enero de 2010, llegó el terremoto. Luego, en octubre, la epidemia de cólera que ya suma más de tres mil novecientas víctimas. Pero por las calles de Puerto Príncipe siguen circulando tres ambulancias del gobierno para más de tres millones de habitantes.

—Lo único que ha cambiado desde que llegué es que ahora hay más actores internacionales— dice Zannini.

Desde el momento en que la tierra se abrió brotaron de todas partes las organizaciones de samaritanos. De evangélicos. De electricistas. De cienciólogos. De almas bien intencionadas que prometían curar a los heridos con sólo posar energía sobre sus cabezas. De abogados que tramitan adopciones de niños huérfanos, y de los que no lo son, por doce mil dólares. Se dice que hay más de doce mil organizaciones no gubernamentales trabajando en Haití después del terremoto. Pero ni el (entonces) presidente René Préval sabe cuántas son en realidad o qué vinieron a hacer ni mucho menos cuándo se irán. Cientos de ellas habían llegado a la isla en la década de los ochenta, con el fin del duvalierismo, para hacer labor humanitaria y promover programas de desarrollo.

—¿Cuándo nos iremos? Es imposible predecirlo, depende del proceso de reconstrucción después del terremoto. Cuanto más rápido se haga, será más fácil para las ong dejar el país. ¿Pero cómo podemos pensar en irnos cuando la población es tan dependiente de las organizaciones internacionales? — dice Zannini.

Los nueve mil novecientos millones de dólares que sesenta países de todo el mundo prometieron invertir para reconstruir la isla en diez años llegan a Haití por cuentagotas. Los frena el papeleo de una burocracia lenta, de instituciones públicas desmanteladas por el mismo desastre que tratan de enfrentar. Alrededor del sesenta por ciento de las oficinas de Gobierno, incluyendo el Palacio Presidencial, se vinieron abajo con el seísmo. Aunque antes tampoco servían para mucho. Servicios fundamentales como la salud y la seguridad están en manos de las organizaciones no gubernamentales desde hace veinte años y de la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah), que llegó con sus agencias y sus cascos azules en 2004, tras la caída del Gobierno de Jean-Bertrand Aristide.

Lo que saben Médicos Sin Fronteras y la Cruz Roja Internacional y las grandes ong que trabajan en Haití, es que pocos billetes de los nueve mil novecientos millones de dólares se han movido de las cuentas bancarias de los donantes, que dicen que sólo soltarán los fondos cuando en Haití se configure un escenario político más saludable, cuando llegue a la Presidencia un nuevo Gobierno que rinda cuentas.  

—Esto es algo demasiado cínico, muy lejano a los compromisos que los países adoptaron en Nueva York. Los haitianos necesitan escuelas, hospitales, casas, mejores condiciones higiénicas, y las necesitan ahora. No pueden esperar a que venga un nuevo gobierno — dice Zannini.

Por eso hoy, en Haití, todo está como estaba: las calles, las casas, los edificios derruídos. Porque el poco dinero que llega a través de las agencias de la ONU y de las ong se usa para la atención humanitaria y para la supervivencia: para pagar el agua, la comida y las medicinas de cerca del millón de personas que aún viven en los campamentos. No para mover escombros.

***

Choupette tenía treinta y nueve años y estaba loca. “Fou á lier” (loca de atar), decían sus familiares. Así tuvo dos hijas, Beatrice de trece y Carinne de dieciséis. El 21 de noviembre de 2010, cuando Rusford Saint Loui, de la Dirección Departamental Sanitaria de L’Ouest, fue a recoger el cadáver de Choupette, se las escuchaba llorar, al otro lado del muro. Ella estaba vestida con harapos, sobre una sábana, en una de las casas de la avenida Magloire Ambroise, en el centro de Puerto Príncipe, que había resistido al terremoto.

 “Ella no murió de cólera”, decía Charles Dieusel, el padre de Choupette, mientras esperaba que los recogedores de cuerpos vinieran a buscarla para llevársela quién sabe dónde. Dieusel, vestido de  guayabera verde manzana y zapatos negros impecables, explicaba a sus vecinos que su hija había muerto de una sobredosis de medicamentos: que había ido al hospital general, donde le aplicaron una inyección sospechosa, y que por la noche comenzó a tener un poco de diarrea. A eso de las tres de la madrugada, había dejado de respirar.

El cólera está asociado a la suciedad, a la falta de higiene. Es una bacteria que se aloja en aguas y en alimentos contaminados e infecta los intestinos humanos. En una de cada veinte personas la infección se vuelve enfermedad aguda: a ese uno se le entumecen las piernas y se deshidrata a fuerza de diarrea y vómitos. Y a nadie le gusta admitir que en casa hay problemas sanitarios. Ni siquiera a los damnificados que cada mañana se enjabonan, se frotan y se enjuagan en plena calle, para que todos vean cómo se mantiene limpio un cuerpo. Nadie quiere ser señalado de llevar la peste al vecindario, aunque  el vecindario esté rodeado por la peste de las cloacas, de los chiringuitos de comida ambulante y de los puestos que ofertan frutas y moscas.

La mayoría de los doscientos mil pacientes de cólera que se reportaron en Haití entre el 16 de octubre de 2010 y el 25 de enero de 2011 se enfermaron en los barrios marginales de Puerto Príncipe  y no en los campamentos de víctimas del terremoto. Desde hace un año, los damnificados beben del agua potable que envía gratis el Gobierno y si se contagian de cólera es por la contaminación de la comida o la pestilencia de las letrinas. En cambio, el agua llega a los barrios pobres de la ciudad a bordo de “La Sirene de L’aeu” o de la “Victoria da Vida” o de “Mon Bel Auge”. Cada dueño es libre de ponerle a su camión cisterna el nombre que le plazca. Todos llenan sus tanques con agua de un pozo, a doscientos metros de profundidad, que está entre un campamento de damnificados del terremoto, un riachuelo de aguas negras y toneladas de basura en medio del barrio de Cité Soleil: el más grande y peligroso de Puerto Príncipe, donde los cascos azules patrullan armados de fusiles, encaramados en tanques de guerra.

El primer caso de cólera del que se tuvo noticia se reportó en el hospital de Saint Marc, a un par de horas de distancia la capital. En pocos días, la bacteria se extendió por toda la Petite Riviere de L’Artibonite: donde corre un río ancho, del que beben todos los pueblos cercanos. Dicen que fueron los soldados nepaleses de Naciones Unidas los que contaminaron con mierda el río. Dicen que fue una empresa relacionada con la esposa de René Préval la que lanzó la mierda al río. Dicen que fueron unos brujos los que echaron unos polvos para provocar el cólera en el río. Como quiera que haya sido, sólo cuatro semanas después de la aparición del primer caso ya habían muerto trescientas personas y otras veinte mil estaban contagiadas, ya no sólo en Saint Marc: también en Puerto Príncipe  y en Gonaives, Cabo Haitiano y Port de Paix, al norte de la isla.      

Rusford Saint Loui es el jefe del grupo de tres hombres que se encarga de recoger a los muertos de cólera de todo Puerto Príncipe: tres desempleados que el gobierno reclutó y entrenó en una semana.

—René Préval me llamó personalmente para decirme que me entregará las llaves de diez camiones como éstos para hacer la faena —decía en noviembre del año pasado.

El 21 de ese mes, cuando fue a buscar el cadáver de Choupette, la promesa de Préval no se había cumplido y Rusford seguía recogiendo los cuerpos –unos treinta y seis por día- en la tap-tap número 218 escoltada por un convoy de apoyo, una ambulancia que abre paso entre el tráfico, los peatones y las cabras, y una patrulla de la Policía Nacional de Haití, con cinco agentes armados de fusiles.

En los primeros días de trabajo, la caravana fue recibida a pedradas en el barrio de Martissans: la gente, enfurecida, creyó en el camión había llegado para traer cuerpos infectados al barrio y no para llevárselos. Por eso las autoridades sanitarias enviaron un mensaje a la población explicando que el camión no representaba ningún peligro, que le permitieran entrar. Por eso el jefe del departamento les advirtió a los recogedores de cuerpos antes de la partida: “Ya lo saben: si los agreden, no respondan. Pidan más apoyo de la policía”.

El cólera le robó los funerales a muchos. Todos son un bulto que viaja apilado en la cabina de la tap-tap. Un bulto plástico, bañado en agua clorada, que salta en cada bache de la carretera. Que suena como un golpe seco al caer en el fondo de las fosas comunes de Saint Christophe de Titanyen.

***

Joan tiene once años y es un pecador. Iba camino a casa al terminar la escuela, el 12 de enero de 2010, a las 4:53 de la tarde, cuando Dios, enfurecido, derrumbó un muro de concreto sobre su pierna izquierda. Al día siguiente, le cortaron el colgajo que quedaba en el Hospital Fontana, él despierto. Al día siguiente, le enviaron a casa con la tibia expuesta y sin receta para el dolor. Los médicos de una de las doce mil organizaciones no gubernamentales que operan en Haití encontraron a Joan entre las tiendas de campañas del barrio Cité Soleil, una semana después. Ya ni gritaba. Tenía el gesto hecho piedra. Cortaron de nuevo y moldearon, una cuarta por debajo de la rodilla, el muñón sobre el que Davor Krcelic construye el perdón de los pecados de Joan.

—En Haití existe la creencia de que si alguien pierde una pierna o un brazo ha sido como un castigo de Dios. Así todos puedan ver por la calle que allí va un pecador.

Dieciséis años atrás, Davor Krcelic ganaba buen dinero como fabricante de prótesis cuando la tercera guerra de los Balcanes llegó a Novisat, su pueblo, al norte de Serbia y en la frontera con Hungría. Entonces, huyó a República Dominicana. Entonces, llegó a Haití.

Sólo en esta clínica del bulevar Toussaint Loverture de Puerto Príncipe se practican seis o siete amputaciones al día. Con días peores que otros, ha sido así a lo largo del último año. Porque Dios no sólo castiga con el terremoto: castiga con la gangrena y luego, en la mutilación. Para correr la voz de su advenimiento, Davor, el protesista, ofrece 50 gourdes (poco más de un dólar) a cada chico que encuentre a algún mutilado en la calle y lo traiga a su consulta.

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El país que a René Preval le hubiese gustado legar brilla como una postal de Miami Beach. En ese país, los chicos pasean en Vespas y no en motos chinas que se deshacen en nubes negras de humo. Las familias viven en apartamentos de cincuenta metros cuadrados y no en tiendas de campaña-regalo-de-la-comunidad-internacional, donde sólo cabe un colchón en el que duermen seis. Los niños no son negros sino mulatos, sí van a la escuela, sí lucen saludables y no están condenados de por vida a las secuelas de la desnutrición. Pero en el país de miserias que administraba Préval, las únicas luces que permanecen encendidas en el miércoles 12 de enero de 2011, a las 6:00 de la tarde, son las que alumbran sus proyectos de papel para la reconstrucción de Haití, dibujados en computador y colgados como carteles sobre una de las cercas que protege las ruinas del Palacio Nacional de Gobierno. El resto es oscuridad.

El mandato del presidente Préval terminaba legalmente el 7 de febrero de 2011, pero podría continuar en el poder un par de meses más. El habría querido dejarle este país a su yerno, el candidato a la Presidencia por el partido oficialista Inité, Jude Celestin,  para seguir gobernando con él y a través de él. Y estuvo cerca. El Consejo Electoral Provisional de Haití declaró a Celestin como uno de los dos ganadores de la primera vuelta electoral que se realizó el 28 de noviembre de 2010. Pero hasta la Organización de Estados Americanos denunció el fraude e impugnó los resultados. De acuerdo a los escrutinios de la OEA, la profesora y ex primera dama, Mirlande Manigat, y el cantante de kompa, Michel Martelly, deben ser quienes se enfrenten en la segunda vuelta electoral que debería realizarse en marzo de 2011. (Fue finalmente Michel Martelly quien resultó electo y asumió la presidencia desde el 14 de mayo de 2011).

Lo que ocurrió el 28 de noviembre de 2010 ni siquiera merece llamarse “elección”, dice Susy Castor,  historiadora y directora del Centro de Investigación y Formación Económica y Social por el Desarrollo de Haití. Fue un proceso lleno de fallas que debería ser anulado por la paz futura de Haití.

—En vista de la situación de Haití, cualquier autoridad que suba al poder sin legitimidad se convertirá en una fuente de conflicto y no en una solución. Ahora todo el mundo trata de tomar distancias, pero es evidente que la Minustah y la OEA tienen una fuerte responsabilidad en lo que pasó. El Gobierno haitiano no da un paso sin contar antes con su consentimiento.

El mundo ha prometido que cuando la crisis política al fin se resuelva, su dinero al fin llegará a los haitianos, pero de la cifra global de las donaciones falta deducir el costo de la intervención militar de cada uno de los países que envió tropas a Haití después del terremoto. También falta restar la deuda externa que varios de estos países aceptaron condonar después de las sucesivas tragedias. Sería algo así como lo que ocurrió en Afganistán y en Irak y en otras intervenciones post-emergencia que ha coordinado Naciones Unidas alrededor del mundo.

Muchos de los billetes que queden después de esta ecuación ya tienen de antemano nombre y apellido. En el caso del dinero donado por los Estados Unidos, la agencia USAID (United States Agency for Internacional Development, por sus siglas en inglés)  decide en cuáles proyectos se invertirán sus aportes y cuáles deben ser las características de las empresas que se contraten para realizar los trabajos. Las compañías favoritas de las agencias de cooperación de cada país son las que pertenecen a sus connacionales.

Mientras tanto, Fritz Polidor se pasa la tarde del 12 de enero de 2011 mirando el futuro a través de los barrotes del Palacio Nacional. Es sargento retirado del ejército, tiene casa, y a los cincuenta y tres años lleva el luto de un hijo adolescente muerto.

—No sé si todo eso que está en los carteles va a hacerse realidad. Lo que sé es que si depende de los gobernantes haitianos, nunca va a ocurrir. Todo ese trabajo sólo lo haría un gobierno extranjero.

Cuando lo dice,  suena al fondo el cornetín de los guardias del palacio, que van arriando la bandera haitiana, izada a media asta durante el 12 de enero de 2011. 

***

Puerto Príncipe es más cara después del terremoto. El precio de los alquileres ha aumentado hasta una tercera parte. Si Milton pagaba ochenta mil gourdes (dos mil dólares americanos) por la renta de una casa de un cuarto, sala y cocina, ahora quieren cobrarle ciento veinte mil. Milton no tiene opción porque no hay demasiada oferta inmobiliaria para que los haitianos puedan elegir. En cambio, para los voluntarios de las ong hay residencias de todos los tamaños.

—Si ya era difícil para los haitianos conseguir una casa en Puerto Príncipe, ahora lo es más. Mucha gente de clase media ha preferido mudarse a un lugar más pequeño para alquilar sus casas a los voluntarios de las ong y cobrar una renta fija en dólares—dice Alain Gilles, vicerrector de asuntos académicos de la Universidad Quisqueya.

El desembarco de las ong, con sus viáticos en dólares, ha distorsionado aún más la economía de la isla, dependiente de las ayudas internacionales y de las remesas del extranjero. La inflación se ha disparado y ante la perspectiva de obtener comida y agua gratis, los desempleados de las clases más empobrecidas no hacen mayores esfuerzos por buscar un trabajo fijo.

Las pocas familias ricas de Haití lo son cada vez más. Su prosperidad depende de establecer contratos con el Gobierno y con las ong, para importar alimentos o coches, sobre todo. El sector bancario vive de los depósitos del Estado, que obtiene sus dólares de las ayudas internacionales, y de las remesas del extranjero. En cada esquina de Puerto Príncipe hay una oficina de Western Union o de Money Gram que también hace llegar a las familias ese dinero fresco.

Los restaurantes caros del barrio rico de Petion-Ville están a reventar cada noche. Sirven salmón en salsas de eneldo, filetes a la pimienta verde, bisque de frutos de mar, langostas grilladas, escargots al ajillo a precios de restaurantes neoyorquinos. Afuera, los valet parkings cuidan las patrullas con el logo de Naciones Unidas y placas diplomáticas de los comensales.  

Cada vez más policías de la ONU están interesados en aprender a bailar salsa para ir a mostrar sus pasos en las pistas de baile del Quartier Latin, del bar Jet-Set, del latin-dancing-club Almendra de Petion-Ville. Con los dólares que ha ganado en el último año, Daniel Fombrun –cincuentón, dueño de los apartamentos Tropical donde se alojan policías de al menos cinco países— construyó una terraza en la que tres veces por semanas hay lecciones privadas de baile. 

“Un, deux, trois…back…flip-flap”, le indica en francés el maestro haitiano a sus discípulos turcos, franceses, croatas. Terminada la clase, se lavan el sudor con un baño, visten de nuevo el uniforme y la nueve milímetros, y se despiden.

***

Haití, contra todo pronóstico, sigue creciendo. Durante el año siguiente al terremoto del 12 de enero de 2010, la tasa anual de embarazos se ha triplicado en la zona metropolitana de Puerto Príncipe, de acuerdo a las cifras del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés).

Las parturientas que no gritan en el Hospital Isaïe Jeanty de Puerto Príncipe, cantan. Cantan lo primero que se les viene a la garganta. Cantan plegarias a Dios, cantan kompa. Cantan tumbadas en el suelo, por los pasillos de la maternidad. Cantan hasta merecer, a pocos minutos de traer otro hijo al mundo, una de las seis únicas camas que hay la sala de partos. Con el niño viene el silencio. Y si no hay complicaciones, al cabo de seis horas están de vuelta en la calle, buscando una tap-tap para volver a casa.

La maternidad está a reventar y ellas también. Hay mujeres en trabajo de parto, sentadas en la sala de espera, tratando de acompasar la respiración. Mujeres en los  pasillos, echadas en el piso, secando con un trapo cuanto líquido les brota del cuerpo. Los corredores huelen a una mezcla de cebo, sangre, cloro y alcohol. En condiciones normales, una parturienta con cinco centímetros de dilatación estaría hospitalizada. En este hospital sin suficientes camas, se les acuesta cuando alcanzan los ocho centímetros de dilatación: cuando el niño está por nacer.

Desde noviembre de 2010 funciona en el patio de la maternidad un centro para el tratamiento del cólera que dirige Médicos Sin Fronteras. Ese fue el mes más crítico en esta área del hospital. El día 22, diez mujeres con cólera estaban recluidas, conectadas a bolsas de suero, desnudas, con espasmos, vomitando. Casi todas perdieron a sus bebés. Felipe Rojas López –chileno, de veintisiete años- es uno de los médicos que desde aquella fecha y hasta ahora las atiende.

—Las embarazadas llegaban acá en muy malas condiciones y ya con ese nivel de deshidratación, el feto era precario. La mayoría de los bebés morían en el útero y había que sacarlos—explica Rojas.

Cerca de dos tercios de estos embarazos son no deseados. Y en el uno por ciento de los casos ha habido violencia sexual en el momento de la concepción, dice Igor Bosc, representante de la UNFPA en Haití. Hasta 2005, la violación intrafamiliar no era considerada delito en este país. Para algunos de los hombres haitianos que viven en los campamentos de refugiados aún no lo es. Solo en los primeros ciento cincuenta días siguientes al terremoto, la Comisión de Mujeres Víctimas por las Víctimas (Kofaviv, en sus siglas en francés) registró más de doscientos cincuenta casos de violación, la mayor parte de niñas.

Las pacientes del hospital Isaïe Jeanty  se registran con las direcciones que ya no existen, las de sus casas que se desplomaron durante el terremoto. Muchas lo hacen porque les avergüenza decir que viven hacinadas en una tienda de campaña. Otras, porque de antemano han tenido la intención de abandonar a sus hijos en la  maternidad.

En enero pasado había cinco chicos abandonados en la maternidad, esperando a ser recogidos por la Dirección de Bienestar Social. Como Mivier Normil, que pesó 1,6 kilos al nacer, el 7 de enero a las 6:33 de la mañana, y era demasiado flaco, demasiado débil como para que Ilania Normil –su madre de veinticuatro años- se lo llevara a casa. Que lo buscaba después, dijo ella. Dejó un número de teléfono en el que una máquina dice “esta línea está fuera de servicio” cada vez que las enfermeras llaman.

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La palabra de Juan Sierra http://revistamarcapasos.com/cronicas/la-palabra-de-juan-sierra/ http://revistamarcapasos.com/cronicas/la-palabra-de-juan-sierra/#comments Sun, 13 Nov 2011 14:45:41 +0000 ALBERTO SALCEDO RAMOS http://revistamarcapasos.com/?p=4950 "Siempre he sido un vampiro de historias"]]> Juan Sierra Ipuana, hombre de metáforas, supone que si pudiera devolver el tiempo no estaría sentado en su rancho viendo pasar el potro ajeno, sino recorriendo los playones de la Alta Guajira al mando de su propio caballo.

Si tuviera otra vez catorce años, dice, viviría sumergido en el mar buscando ostras para vendérselas a los barcos holandeses saqueadores de perlas. Si tuviera veinte trabajaría en un alambique fabricando chirrinche, el licor casero de sus ancestros wayúu. Y si tuviera treinta sería matarife y a esta hora de la mañana estaría vendiendo carne de chivo en su ranchería.

Sierra Ipuana se ve a sí mismo cuando tenía cincuenta años, manejando una tractomula repleta de piedras para proteger las charcas de sal de Manaure. También se ve a los cuarenta dinamitando el suelo desértico, tras la pista de nuevos pozos de agua dulce, y luego instalando molinos de viento para abastecer a la gente y a los animales.

Cuando se busca en su propia memoria no aparece sedentario como es hoy, a los setenta y dos años, sino convertido en lo que él llama “un hombre-lluvia”, es decir, “alguien que puede caer en cualquier parte”. Los recuerdos, explica con otra metáfora, son el único recurso que le queda al hombre para bañarse de nuevo en el río que ya pasó. La nueva sentencia se entiende mejor cuando uno ve a su esposa, Arminda López Pushaina, entregada a la tarea de desarmar pieza por pieza un mantel que bordó hace medio siglo, para tejerlo otra vez desde la primera hasta la última puntada.

Sierra Ipuana reconoce que padece “el mordisco de la media noche”, o sea, la nostalgia típica de los viejos. Pero si quiere devolver el tiempo no es solamente para recuperar los bríos y los amores de la juventud, sino también para escaparse de este presente hostil que le produce pánico.

“Los alijunas nos quieren acabar”, dice.

Alijuna es la palabra wayúu con la cual se nombra a todo el que no pertenezca a la etnia, sea blanco o sea negro. El vocablo correspondiente en castellano es “civilizado”. En la semántica nativa, explica Sierra Ipuana, el término alijuna ya no se está usando para designar al diferente sino para referirse a aquello que genera temor. Son “civilizados” los hombres que están masacrando a los indígenas en la Alta Guajira y los que enseñaron a ciertos indios a asaltar camiones de carga en las carreteras. También lo son los funcionarios del gobierno que un día llegaron a imponer sus normas en el uso del mar.

—¡Alijuna es el televisor! —exclama Arminda de repente—. La frase es más sorpresiva por el hecho de que la mujer no había abierto la boca en toda la mañana. Ahora señala con dureza hacia el rancho contiguo, donde sus hijas Érica y Milagros se mueren de la risa viendo un programa de televisión.

Luego retoma su tejido de la misma manera abrupta en que lo había interrumpido, mientras su marido contempla a las gallinas que picotean en la arena.

—¡Ese es mucho aparato malo en la vida! —brama entonces, esta vez sin levantar la vista—. No más sirve para que las muchachas se vuelvan flojas y malmandadas.

***

Los wayúu son una de las más numerosas etnias indígenas de las tierras bajas de Suramérica. Habitan la península de la Guajira, que se extiende hasta el mar Caribe, en el extremo norte de Colombia. Chayo Epieyuu, respetada matrona de Manaure, calcula que hay unos ciento cincuenta mil “paisanos” repartidos entre Colombia y Venezuela. Se dedican básicamente al pastoreo de chivos y ovejas, a explorar el mar y a tejer.

Tienen un sentido colectivo del beneficio y del daño, encaminado a preservar la unidad de la familia. Si alguien cocina un chivo el banquete es para todos, y si se enferma, todos tienen que ayudarlo a costear la enfermedad. En grupo deben pagar, además, las faltas graves de sus miembros que pongan en peligro la convivencia del clan con el resto de la sociedad.

En el complejo sistema de compensaciones de la cultura wayúu, uno de los rituales más conocidos es el de la dote. Es el pago que el hombre enamorado debe entregarle al padre de su pretendida, para poder fundar con ella su propio rancho. El investigador manaurero Alejo D’Luque considera que la intención de esta ceremonia no es vender a la novia sino acentuar el carácter colectivo de la familia. Que nadie coma solo ni muera solo. Que cada persona aporte lo necesario a la causa común del grupo, para que le resulte más fácil llegar vivo a la otra orilla del río. Para no indigestarse con el postre en la luna de miel, el esposo debe procurar que todos reciban la parte del festín que les corresponde. ¿Y en qué consiste el premio? La dote incluye chivos, mulas, tierras y collares de tumas (una variedad exótica de piedras preciosas). La cantidad depende de la belleza de la novia y de la posición social de su familia. Para reunir el pedido y entregarlo en el plazo establecido, el enamorado acude si es necesario a sus propios parientes, ya que ellos también esperan que el matrimonio valga la pena y los beneficie.

La Guajira es uno de los departamentos colombianos de mayor riqueza mineral. Produce quinientos millones de pies cúbicos de gas natural al día y veinticinco millones de toneladas de carbón al año. Su volumen de sal, de acuerdo con estimativos de Alejo D’Luque, representa casi el cincuenta por ciento del total del país. También están los peces y la energía eólica. Hubo un tiempo en que el wayúu disfrutaba libremente de muchos de esos recursos, como si los creyera escriturados por el viento. Pero un día llegaron los alijunas a trastornarlo todo con sus gobernantes, sus políticos, sus jueces, sus trámites, sus documentos de identidad, sus elecciones y sus masacres. Desde entonces, la vida no ha sido igual para los indígenas.

***

Aparte de cultivar una charca familiar en las salinas del pueblo, Juan Sierra Ipuana es palabrero. Así se designa en español a la persona conocida en lengua wayúu con el nombre de Pütchipuu. Su función es mediar en los conflictos interfamiliares, con el fin de lograr un arreglo rápido que sea justo para ambas partes y proteja el equilibrio social de la etnia.

El palabrero es elegido invariablemente por el ofendido y no debe pertenecer a ninguna de las partes enfrentadas. Cuando acepta el encargo, se dirige a la ranchería del agresor para “llevarle la palabra”. Ante el grupo reunido en pleno, el Pütchipuu aclara de entrada cuál es su misión y quiénes se la encomendaron. Después expone la gravedad del daño causado y señala el monto de la reparación exigida por los afectados. Si el jefe del clan está de acuerdo con la multa, lo que sigue es fijar la forma de pago. Si no, tiene derecho a plantear una contrapropuesta que el propio palabrero transmite a la familia que le asignó la tarea. En algunos casos se necesitan varios viajes entre un lugar y el otro. Pero casi siempre el problema se resuelve con una o dos visitas. Cuando el culpable no tiene bienes para responder por su infracción es declarado objetivo de guerra. Eso quiere decir que en cualquier momento podría morir en un atentado. Se entiende que la sentencia lo afecta a él y a cualquiera de sus parientes varones.

“Mandar la palabra” es ejecutar, a través de un ritual político, una ley vieja y feroz. El palabrero no asume el papel de juez sino el de mediador. Por tanto, se mantiene neutral todo el tiempo. Ni siquiera toma partido por la familia que lo buscó. En el proceso de concertación oye injurias, oye amenazas, pero solo transmite lo esencial de las razones: “Fulano dice que puede pagarte con una recua de mulas”. Como buen canciller, se permite introducir una promesa cordial donde minutos antes había una sarta de adjetivos incendiarios: “Me dijeron que van a ver si pueden reunir lo que tú pides”.

Se trata de un acto refinado en la forma pero inapelable en el fondo. Lo que te envían no es un dardo envenenado sino una palabra, pero esa palabra es de acero, te cobra las cuentas pendientes, te enrostra las faltas cometidas y te amenaza de un modo tan sutil que no puedes evitarlo. Claro que también te ofrece una nueva oportunidad. Si usas con buen juicio el verbo que te mando, nos ganaremos ambos la gracia de librarnos de la guerra.

Ni siquiera cuando hay una muerte de por medio los dolientes pueden saltarse este ritual de conciliación para buscar la venganza directa. La compensación es proporcional al tamaño de la afrenta y a la posición social de la familia afectada. Se cobra por las calumnias, por los golpes físicos, por las imprudencias de borracho, por el hurto, por las ofensas verbales y por el homicidio. El pago se efectúa en dinero o con tierra y ganado. El palabrero no exige honorarios por su trabajo pero el grupo que lo buscó le obsequia un porcentaje de la indemnización.

***

Arminda López les ordena a sus hijas Érica y Milagros que apaguen el televisor y se pongan a hacer oficio. A una le pide que barra. A la otra, que traiga dos vasos de chicha de maíz. Juan Sierra Ipuana, entre tanto, ha dejado de mirar a las gallinas. Ahora pela una vara delgada con un cuchillo basto de cocina.

De pronto, ruge el desierto. La arena se levanta, el viento arrastra una alpargata guaireña descosida en el empeine. “La brisa del nordeste es una escoba loca”, dice Sierra Ipuana, sonriente, mientras recibe el vaso de chicha que le trajo su hija. Cuando la muchacha se aleja, la manta le tiembla en el cuerpo.

Sierra Ipuana añade que si no fuera por el viento, la tierra ya se habría ahogado de calor. Su madre, otra criatura de metáforas, afirmaba que en la Guajira las sequías eran tan intensas que a veces las plantas salvajes se retorcían de sed y los sapos se morían sin saber nadar.

En esta ranchería, como en todas las de Manaure, los días fluyen lentos, sin sobresaltos. Sierra Ipuana explica que el wayúu puede vivir a su ritmo porque no tiene ninguna deuda pendiente con el cielo.

Tanto él como su mujer son hijos de wayúu con alijuna. Los mestizos como ellos les enseñan a sus herederos la lengua nativa, pero además los obligan a aprender castellano para que puedan entender lo que dice la gente que vive más allá del desierto. A veces los muchachos repiten en español palabras que a sus padres no les causan ninguna gracia, como “jean descaderado” y “condón”.

—¡Apaguen ese puñetero televisor! —chilla entonces Arminda por enésima vez.

Terminada la chicha, Sierra Ipuana pide un vaso de agua, para hacer buches y sacarse los granos de maíz que se le quedaron atrancados entre los dientes. Después dice que no se cansa de agradecer el poder transformador de la palabra. Una palabra bien dicha desarma al enemigo, acerca al que se encuentra lejos, abre las puertas clausuradas, alegra al que está triste y apaga los incendios alevosos. En cambio, cuando pronuncias una palabra altanera las palomas se vuelven halcones, los ríos se salen de madre, los mares se enfurecen y hasta el problema más inútil adquiere de repente la fuerza suficiente para destruirte.

La tradición del palabrero es explicable porque en la cultura wayúu la palabra es ley sagrada que no se lleva el viento. Además, en una etnia quisquillosa y competidora por naturaleza siempre es bienvenido el que sabe calmar los ánimos. Cada conciliador ostenta una autoridad indiscutible. Tiene las llaves de la vida y de la muerte.

Sierra Ipuana considera que cumple bien su trabajo porque logra que el ofendido reciba lo que se merece y el agresor no pague más de lo que debe. Así el problema muere en el acto, sin ninguna consecuencia lamentable.

Yo le digo que si nosotros, los alijunas, pusiéramos en práctica ese ritual, con seguridad lo dañaríamos: el palabrero tendría tres secretarias y dos asistentes, los periodistas publicaríamos los insultos secretos de las partes durante el proceso de concertación y además habría que autenticar mil papeles en una notaría. Si alguna vez se lograra un arreglo no sería en menos de cinco años. Y al final la indemnización solo alcanzaría para pagar las comisiones de los intermediarios.

Sierra Ipuana sonríe con malicia, pero casi en seguida adopta un rostro grave para reconocer que la justicia wayúu, como todo lo que maneja el hombre, es falible. A veces la palabra se queda corta para curar las heridas y acercar a los enemigos. Entonces se arma una matazón en la que corre sangre inocente. Fue lo que sucedió en los años setenta y ochenta del siglo pasado con las familias Cárdenas y Valdeblánquez, y con los clanes de Raúl Gómez Castrillón —apodado “El Gavilán Mayor” — y Juan Pinto.

La esposa le dirige una mirada tan severa como la que les envió a sus hijas hace un momento, cuando tenían prendido el televisor, y dice que hay ciertos problemas de la vida que no se pueden solucionar.

—Tampoco hay quien pueda acabar con la fiebre amarilla —exclama.

Viéndolo allí, con la camisa trepidante por la brisa del nordeste, pienso que Sierra Ipuana, hombre de metáforas, no tendría cabida en un mundo civilizado como el nuestro, en el que muchos pretenden cobrar a la brava hasta lo que no se les debe pero nadie parece dispuesto a escuchar la palabra.

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La virgen que viste de Straccia http://revistamarcapasos.com/cronicas/la-virgen-que-viste-de-straccia/ http://revistamarcapasos.com/cronicas/la-virgen-que-viste-de-straccia/#comments Sat, 15 Oct 2011 18:06:43 +0000 José Leonardo Garelli http://revistamarcapasos.com/?p=4933 Desde lo alto de una pared, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro vigila y bendice el lugar. Viste una túnica púrpura, un manto azul marino y sobre su cabeza reposa una corona dorada con cristales incrustados que le conceden la investidura de reina.

Debajo del cuadro, un maniquí luce un vestido de seda, bordado en pedrería, con el cual la representante del estado Carabobo ansiaba ganar la corona del concurso Miss Venezuela 2010 y convertirse, durante un año, en la reina de todo un país que cultiva  la devoción a sus mujeres bellas.

El retrato de la virgen del Perpetuo Socorro pertenece a Gionni Straccia, el realizador del vestido para la candidata de Carabobo y de otras muchas misses que han soñado con ganar la corona más esperada del año en Venezuela. Desde el año 1995, se ha destacado por confeccionar los trajes de gala para el certamen de belleza más importante de este país y en el mundo de la moda local e internacional, ha recibido reconocimientos por sus atuendos que convierten a las concursantes en muñecas inmaculadas.

La imagen de la virgen fue un regalo de la madre de su asistente para que le bendijera el lugar y lo ayudara a continuar creciendo como profesional. Y pareciera que ha cumplido el cometido. En la década pasada, cuatro candidatas obtuvieron la corona de Miss Venezuela vistiendo sus creaciones: Eva Ekvall en 2000, Jictzad Viña en 2005, Marelisa Gibson en 2009 y Vanessa Goncalves en 2010. Las últimas dos Miss Universo de Venezuela, Dayana Mendoza (2008) y Stefania Fernández (2009) también fueron coronadas con trajes del diseñador.

Además de estos triunfos, decenas de candidatas al Miss Venezuela y a concursos internacionales han lucido sus trajes de gala. Straccia ha vestido además, en los últimos años, a misses para participar en el Miss USA y Miss Teen USA, así como a representantes de Bahamas y Ecuador.

Para el Miss Venezuela 2010, realizado el 28 de octubre en la ciudad de Maracaibo, al oeste del país, Straccia tuvo a su cargo la confección de los atuendos de las misses de los estados Anzoátegui, Carabobo, Guárico, Lara y Miranda. La tarea fue una asignación directa del presidente de la organización Osmel Sousa, conocido como “El Zar de la Belleza”. Y para la edición del 2011, que vuelve a presentarse en Caracas, son siete vestidos los que llevan su sello: Barinas, Distrito Capital, Guárico, Mérida, Nueva Esparta, Sucre y Vargas.

Se trata de un encargo excepcional, pues la regla tácita reza que un diseñador vista sólo a una o dos concursantes.

Por eso Straccia siempre tiene varios ases debajo de la manga en ese momento en el que suelen brotar las costuras: minutos antes de salir al escenario. Como ocurrió cuando confeccionó para Miss Barinas un vestido blanco con cayenas rojas, empleando la técnica de transfer para tela. Mientras lo estaba planchando, una parte se quemó y hasta se le marcó el filo de la plancha. “Gracias a Dios, como el traje tenía trabajo de aplicaciones, logré tapar esa quemada agregando otra aplicación. Eso ocurrió el mismo día del Miss Venezuela antes de irme al concurso”.

La Miss Universo 2008 casi se queda sin el “trapo” amarillo con el que literalmente dio la vuelta al mundo y conquistó la corona, porque la tela con que se elaboró fue traída de Miami justo una semana antes de que la candidata se fuera al concurso en Tailandia. “Ni siquiera llegó a Caracas sino a Maracaibo y tuve que tomar un avión ida por vuelta para poder coser el vestido en tiempo récord”.

“Esto es mi vida”, sentencia en cuatro palabras. El diseño y el chocolate, sus únicos vicios. A esa vida le dedica catorce horas diarias, excepto los fines de semana en los que descansa y comparte tiempo con su familia. Su perra Lola, una Golden Retriever, lo acompaña en sus andanzas por Caracas, incluso en la atelier donde sus confecciona sus creaciones.

A sus cuarenta y un años, este venezolano oriundo de la ciudad de Valencia, capital del estado Carabobo, recuerda que su gusto por el diseño es herencia de su madre, la señora Fruscciante, quien confeccionaba en su casa vestidos para familiares, amigos y particulares, incluidas sus otras dos hijas.

De la comodidad de su casa decidió dar el gran paso y mudarse a Caracas donde cursó Diseño de Modas en el Instituto de Diseño Brivil. Cuando tenía veinticinco años, el orfebre George Wittels, creador de la corona del Miss Venezuela, lo recomendó ante Osmel Sousa para que formara parte del staff de diseñadores del concurso. El resto es historia.

Quien no lo conoce ni por su nombre, no adivinará que detrás de esos lentes de pasta, de ese cabello platinado y de su vestuario casual, se esconde el artífice de decenas de atuendos formales que acompañan a las beldades venezolanas cada año.

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Antes de que Straccia diseñe un traje, la musa suele inspirarlo cuando va de compras en una tienda de telas, casi siempre en Nueva York, donde dice que existe la mayor variedad. “Ver los colores, las texturas y el brillo me motiva a crear. En mi mente comienzan a dibujarse los vestidos”.

De la idea abstracta pasa al boceto en papel. La primera mujer imaginaria que luce su creación tiene apenas dos dimensiones, la piel blanca con bordes negros, el cabello ondulado y la mirada fija en algún punto ubicado a su izquierda. Un maniquí será la silueta que recibirá los primeros pinchazos de alfileres hasta que todo quede en medida y listo para la mujer de carne y hueso que lucirá el vestido en el certamen.

Faltando días para el gran concurso, todo se prepara para afinar detalles del traje de gala de Miss Carabobo. Pero antes, lo más laborioso: salpicar de pedrería la seda esculpida. Para esto, el diseñador y sus asistentes develan el fulgor producido por cientos de cristales que reposa en cajas opacas. La casa austríaca que debe su nombre a Daniel Swarovski es la encargada de fabricar las piedras preciosas, desde finales del siglo XIX, gracias a la invención por parte de este joven visionario de una máquina especializada en tallarlas con precisión. “En la pasarela absorberán la luz y lo irradiarán. Carabobo lucirá regia”, vaticina Straccia.

El proceso de colocar cada una de las piedras es laborioso y complejo. Primero las insertan una por una por su parte posterior a un diminuto sostenedor metálico, mediante el empleo de unas tenazas. Luego, usando pegamento especial son fijadas a la tela, según el patrón concebido. Por último, con aguja e hilo se refuerza la acción del pegamento, para garantizar que no se desprendan.

El resultado es un corpiño que asemeja por su dureza y peso a una antigua armadura; contiene cientos de cristales que lo cubren en su totalidad desde el busto hasta la cintura. Los tonos dorados y plateados de las piedras siguen el patrón de una bola de fuego, describe el diseñador. “Quería centralizar un color fuerte que se abriera en degradé”.

Pero antes de llegar a la pasarela, el vestido elaborado con georgette de seda debe superar la última prueba sobre la candidata que lo modelará. La candidata está consciente de que su desempeño con ese traje en la noche final la puede hacer obtener el cetro del máximo certamen de belleza del país y pasar a formar parte de la historia de este imperio venezolano, que ya suma seis coronas del Miss Universo, cinco del Miss Mundo, seis del Miss International, una del Miss Earth, once del Reina Hispanoamericana, cuatro del Miss Intercontinental y decenas de tiaras más en otros concursos internacionales.

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Tres mil trescientos años antes de que Venezuela consolidara su posición líder en los certámenes de belleza, otro imperio, el del dragón rojo, hacía gala por primera vez del uso de la seda en la silueta de su Emperatriz Xi Ling-Shi, de quien se ha encontrado que usaba vestidos de esta fibra natural. Actualmente, China se mantiene como el principal productor, seguido a lo lejos por India y Japón, los cuales emplean las larvas del gusano Bombyx mori, antes de que complete su metamorfosis, para obtener esta fibra natural.

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El video grabado en la memoria de Straccia se rebobina a octubre de 2010. Para el momento de las últimas pruebas, el diseñador y una de sus asistentes se encuentran en Maracaibo con los cinco vestidos, días previos a la noche final del concurso.

En el hotel, Straccia termina de ajustar los trajes sobre las candidatas. Cada uno ha sido confeccionado para hacerlas destacar durante la pasarela final. “Si es apropiado, pensado y hecho para la Miss, por supuesto que ella se sentirá cómoda, lo sabrá llevar y todos estos elementos la ayudarán. Además, tiene que ser atractivo y llamativo para el jurado”.

Llegó la noche final de aquel Miss Venezuela 2010 y tras dos horas de transmisión, el desfile en traje de gala es el siguiente en ser anunciado. Atrás quedaron las reuniones con el Zar de la Belleza para la asignación de las candidatas a vestir. Los momentos de inspiración en la tienda de telas de Nueva York. Los dibujos y bocetos de los trajes adornan una pared del taller y le hacen compañía a la Virgen del Perpetuo Socorro. Los patrones y retazos de tela permanecen guardados.

La luz del lugar está apagada, pero en la pasarela del Miss Venezuela, decenas de bombillos multicolores siguen el brillo de los trajes de gala, de las sedas y los cristales.

Apenas cuarenta segundos tarda la miss en mostrar con garbo y prestancia la creación exclusiva que Straccia confeccionó para ella, mientras la presentadora, siguiendo el guión en una pantalla ubicada en frente, describe con detalle e imaginación la pieza que la candidata está luciendo: “Miss Carabobo, Romina Palmisano. De tierna transparencia de seda se define en la parte superior el traje realizado por Gionni Straccia. La amplia falda seccionada al bies termina en una rutilante cola y nos muestra una sugerente abertura central. Un pomposo bordado en cristales de oro y plata ilumina degradadamente la confección en georgette de seda, con secuencias de hilos metalizados en tonos dorados”.

Mientras la animadora lee la descripción, Palmisano es seguida muy de cerca por la cámara en su desplazamiento de derecha a izquierda sobre el escenario. Una versión instrumental de la canción No one de Alicia Keys acompañan a la candidata, quien se mueve con cadencia, sonriendo y dando lo mejor de sí para sumar puntos que le permitan quedar entre las semifinalistas.

Sobre la miss en movimiento, el vestido parece muy diferente al que cubrió el rígido maniquí en el taller. Efectivamente, como lo predijo el artista, los cristales absorben la luz y la regresan en brillo infinito sobre la pasarela. Carabobo luce regia.

Detrás del telón del escenario, Straccia observa su joya en los monitores. “En ese momento estoy buscando los defectos del traje, una arruga, un mal corte, si el escote está mal puesto, la distribución de las proporciones, si me quedó corto. Estoy fijándome en los que podrían ser defectos visibles, que los estoy notando yo, el público y el jurado. Me gusta la excelencia y la impecabilidad, por eso soy crítico con mi trabajo”.

No es extraño que en este momento del show también ocurran eventualidades que pongan en vilo los nervios del artista. Así sucedió en 2006, cuando dirigiéndose al Poliedro de Caracas –sede del evento– quedó atrapado en un tráfico “terrible” durante dos horas. Llegó justamente cuando las chicas estaban bajando del escenario para ponerse los vestidos de gala. “Iban a tener que sacar a mis cuatro candidatas (Amazonas, Dependencias Federales, Distrito Capital y Miranda) al final del desfile. Por suerte, tuvimos tiempo de prepararlas y todo salió perfecto”. Y como si la tensión fuera leve, los diseñadores que intervinieron en la gala también tenían que participar en la presentación, de la mano de las misses que vistieron. Ese año, por primera vez en el certamen se les rindió crédito por su ingenio y creatividad.

Al igual que todos sus colegas que participan en el Miss Venezuela, Gionni Straccia presta los vestidos que confecciona y le son devueltos al finalizar el evento. Luego, pueden ser requeridos para ser usados en otros concursos nacionales e internacionales o para realizar algún comercial. No recibe pago en metálico, pero el tiempo de exposición en el programa de televisión con mayor rating del país equivale a más de 1.300.000 bolívares (300.000 dólares aproximadamente) en publicidad por cada vestido.

Este escenario es la única oportunidad que tienen los diseñadores para exponer su trabajo, dado que en Venezuela aún no se realizan grandes desfiles o semanas de la moda, como existen en otras ciudades de la región como Medellín, Buenos Aires, Ciudad de México, Sao Paulo. “Además del Miss Venezuela, aplico la moda en mi cartera de clientes privados”.

En la fotografía final aparece Straccia rodeado por el brillo de sus cinco creaciones, una de las cuales ostenta la ganadora del concurso, Miss Miranda, Vanessa Goncalves, y del premio al mejor diseño de la noche, que el diseñador gana por tercer año consecutivo. Miss Carabobo logró colearse entre las 10 finalistas.

Marelisa Gibson, la Miss Venezuela 2009 que coronó a su sucesora contrajo matrimonio en marzo de 2011 en un vestido blanco impoluto que se dibujó en la mente del diseñador. Su pasarela fue el camino al altar, donde seguro fue bendecida por la Virgen que siempre acompaña a Straccia, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

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Piñatería: mirar es gratis http://revistamarcapasos.com/el-miron/pinateria-mirar-es-gratis/ http://revistamarcapasos.com/el-miron/pinateria-mirar-es-gratis/#comments Mon, 19 Sep 2011 15:49:03 +0000 IVÁN GONZÁLEZ http://revistamarcapasos.com/?p=4893
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IVÁN GONZÁLEZ http://revistamarcapasos.com/colaboradores/ivan-gonzalez/ http://revistamarcapasos.com/colaboradores/ivan-gonzalez/#comments Mon, 19 Sep 2011 11:22:21 +0000 IVÁN GONZÁLEZ http://revistamarcapasos.com/?p=3246 Luego de estudiar Artes Plásticas en el Instituto Armando Reverón, se inició como fotoperiodista en la agencia internacional de noticias Associated Press (AP), en Caracas, en el año 2000. Fue coordinador del departamento de Fotografía del diario El Nacional, entre 2001 y 2004 e hizo lo mismo en el periódico deportivo Líder en Deportes durante los siguientes cuatro años.
Actualmente se desempeña como Jefe de Fotografía y Video de la Cadena Capriles desarrollando reportajes multimedia para www.ultimasnoticias.com.ve, forma parte del staff de fotógrafos de la agencia venezolana www.orinoquiaphoto.com y es docente de www.laescuelafotoarte.com y de los talleres Historias que laten de la revista Marcapasos.

Sus fotografías pueden verse en su sitio de Internet http://ivangonzalez.photoshelter.com/

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Langostas, pangas y cocaína http://revistamarcapasos.com/cronicas/langostas-pangas-y-cocaina/ http://revistamarcapasos.com/cronicas/langostas-pangas-y-cocaina/#comments Mon, 05 Sep 2011 10:05:01 +0000 OSCAR MARTÍNEZ (PERIODISTA DE EL FARO) http://revistamarcapasos.com/?p=4879 —¡Ay, Dios mío, ahora sí se complicó esto! –lamenta el capitán de fragata Wilfredo Castañeda–. ¡Ay, Dios mío, ahora sí va a estar difícil esto!

A punto estaba el capitán de iniciar su explicación sobre la carta náutica que tiene pegada en la pared de su oficina, al principio del muelle de Puerto Cabezas, o Bilwi, como los indígenas nicaragüenses que habitan este olvidado Caribe llaman a su capital. Se fue la luz. Un apagón, de lo más común en la zona. A veces duran hasta un día entero.

Por supuesto, la Capitanía de Puerto, encargada de vigilar estos quinientos kilómetros de costa enclavados en la principal ruta marítima de las más de quinientas toneladas anuales de cocaína que escalan Centroamérica hacia el norte, no tiene un generador eléctrico. Hoy, por cierto, ni siquiera pilas para la lámpara de mano.

—Bueno, si usted quiere, podemos seguir hablando en lo oscuro –me ofrece el capitán, un hombre alto y ancho.

Hablar en la precariedad de lo oscuro es el ambiente más acorde para esta charla. El capitán, ya que no puede mostrar nada en la carta náutica, enumera lo que no tiene, lo que le falta. Personal, repuestos de alta rotación, combustible, lubricante, motores fuera de borda de doscientos caballos de fuerza, lanchas ─o pangas, como llaman aquí a esas palanganas de entre diez y quince metros de eslora─. Todo eso le falta, dice, para poder atrapar a los rápidos colombianos que se deslizan todas las semanas en sus potentes pangas con cuatro motores fuera de borda de doscientos caballos cada uno, con más de quinientos kilogramos de cocaína invariablemente. Eso y también aseguramiento técnico de especialistas. Suena muy técnico, pero no lo es, nada es muy técnico aquí en Bilwi.

—¿Qué es eso del aseguramiento, capitán? –pregunto.

—Ajá, es que como nosotros mandamos lanchas de intercepción, la permanencia en el mar se hace de tres a seis días de forma continua. ¡Parecemos náufragos! Por el día, la inclemencia del sol; y por la noche, el sereno de la madrugada. Estamos a la intemperie.

—Sigo sin entender qué es eso del aseguramiento, capitán.

—Ahí te va. Raciones frías. En una lancha rápida no vas a estar cocinando, requerís de latas. Un plato de comida lo podés valorar en unos cuarenta córdobas (poco menos de dos dólares), término medio de una comidita casera. Mientras que una sola sardina, una sola lata de choricitos o atún te valen veinticinco córdobas, y un jugo te vale quince, y aunque sea unas galletitas saladas. Total que de cuarenta te pasa a sesenta, setenta córdobas, depende de qué le estés dando al hombre. Por eso te digo, que el aseguramiento técnico para el hombre es complicado.

Aquí el mar lo da todo. Esta es gente de mar. Escurren agua salada buena parte del día. Del mar salen las langostas que durante ocho meses pescan, cuando no hay veda. Por el mar se transportan, porque los pueblitos y aldeas costeras que rodean Bilwi y componen la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN) no tienen acceso por tierra. Puro mar, pura panga. Por el mar se mueven los barcos caracoleros que llevan a los indígenas varias semanas a los cayos a traer aquellos enormes caracoles. Por el mar patrulla la gente del capitán. Por mar entran los colombianos con su cocaína y sus fajos de dinero.

—Actualmente, la gente más bien ve como una bendición que una lancha de narcos llegue y desembarque o quede varada frente a la comunidad. Es un gran beneficio para ellos. Nuestras comunidades se han convertido en base social del narco –dice el capitán, en lo oscuro.

Afuera, el sol se va y alrededor del sucio muelle todavía hay alboroto. Si alguien tiene en mente una estampa hermosa de un Caribe blanco y pulcro, puede deshacerse de ella aquí mismo. Las últimas pangas que llegaron de los pueblitos, de Walpasiksa, de Sandy Bay, de Haulover, de Wawa, son descargadas por algunos mendigos de Bilwi. Al pie de la Capitanía de Puerto, encalladas en la arena, tres pangas de quince metros de eslora son devoradas lentamente por el salitre. Se las decomisaron a unos colombianos y hondureños que lograron descargar la cocaína en uno de esos pueblitos antes de abandonar sus naves. Los militares no las usan porque no tienen suficientes motores como para impulsarlas, ni la gasolina necesaria tampoco, ni suficientes latas de atún ni galletas.

Las lecciones de Walpasiksa

Aquí no hay guerra, ni lucha frontal, ni batalla, ni ninguna de esas otras palabras que algunos gobiernos como el de México ocupan para describir lo que hacen respecto a los traficantes de drogas. Aquí no hay suficientes pangas, ni motores, ni balas para hacer nada de eso, y más bien lo que hay es un intento modesto de contener un flujo salvaje. Más bien lo que hay es un pacto tácito: pasa sin molestar, navega con discreción.

Sin embargo, eso no quiere decir que no ha habido balas y muertos. En estas rutas siempre los hay. Eso no quiere decir que este Caribe no haya perdido su inocencia.

Si hay un parteaguas, en este litoral tiene nombre. Lo dice el capitán y lo repiten todas las fuentes con las que he hablado, desde investigadores académicos hasta detectives policiacos. El parteaguas se llama Walpasiksa.

La brisa marina es agradable en este restaurante de mariscos y cerveza bien fría. Espanta por rachas el calor resplandeciente del verano de la RAAN. Abajo, arena color café con leche y un mar inmenso, azul intenso, rayado solo por las pangas que van y vienen del muelle.

Enfrente tengo a Matías, un agente de inteligencia policial de la lucha contra el tráfico de drogas en toda la RAAN. Lo conoceremos así, por su seudónimo. Moreno, pequeño, risueño, dicharachero. Entre los policías de la zona se dice que si se sale con Matías a alguna misión lo más probable es que haya jaleo.

Matías lleva en la piel los recuerdos de aquel día en Walpasiksa.

—Por aquí – Matías se señala el muslo derecho–, por aquí la tengo.

Se refiere a la herida por la bala que le entró y salió de la pierna durante aquella lluvia de disparos que les arreció cuando ni siquiera se habían bajado de las pangas en la playa de Walpasiksa.

El siete de diciembre de 2009, una avioneta cargada con al menos tres mil kilogramos (tres toneladas) de cocaína se estrelló mientras intentaba hacer un aterrizaje de emergencia en esa comunidad al sur de Bilwi, casi frontera con la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS), que termina en la frontera con Costa Rica.

No es un secreto que toda la región está atestada de pistas clandestinas. Esta es la zona más pobre de Nicaragua. El departamento de la RAAN que menos pobreza extrema tiene es Bilwi, donde casi el sesenta y cuatro por ciento de los habitantes están bajo esa línea, según información del Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas (IEEPP). Hacia el mar hay relativa vigilancia del Estado; hacia el interior, por tierra, hay una franja de selva salpicada por asentamientos a los que se accede por tortuosos caminitos de tierra o remontando ríos en panga. Territorio perfecto para construir pistas de aterrizaje. De hecho, en una ocasión, hace poco más de dos años, un helicóptero repleto de cocaína se estrelló casi en la frontera con Honduras. Cuando los militares llegaron encontraron no solo el vehículo, sino también tractores y camiones de volteo que construían un complejo de pistas de aterrizaje. ¿Cómo llegaron los camiones hasta ahí? Solo por aire los pudieron haber trasladado, me dijo el capitán Castañeda. Los vecinos de aquella zona no quisieron devolver ni los camiones, ni los tractores, ni mucho menos la cocaína. Así es esto, aquí se negocia con los indígenas miskitos, mayagnas, ramas o garífunas que habitan la RAAN. Si estos dicen que no, pues no.

En fin, de vuelta en Walpasiksa, aquel siete de diciembre los pobladores de esa comunidad precaria que no supera las cien chozas lograron rescatar a los pilotos colombianos y salvar el cargamento de droga. Al día siguiente, se apostaron en la playa porque sabían que dos pangas con ocho policías y doce militares llegarían por la tarde. Los espías del muelle de Bilwi les informaron desde la mañana que habría movimiento.

Porque, como dijo el capitán Castañeda, mire no más dónde está ubicada la Capitanía de Puerto, justo frente al muelle, donde pescadores, comerciantes, mendigos, pangueros, se mueven a diario. De ahí salen las pangas militares a operativos y a patrullar. Desde ahí observan los espías, atentos a cualquier movimiento para llamar a los teléfonos satelitales que, gracias al patrocinio de los colombianos, tienen las comunidades estratégicas para el tránsito de la cocaína. Comunidades como Walpasiksa.

Cuando a las tres y media de la tarde las dos pangas policiales se acercaron a la playa de Walpasiksa, unos cuarenta hombres de la comunidad hacían señales.

— ¡Váyanse, váyanse, aquí no hay nada que ver! Eso nos gritaban –explica Matías, y echa un enorme sorbo a la fría Toña antes de azotarla contra la mesa, pedir otra y seguir con el relato.

Un minuto duró el diálogo. Los policías negociaban que los dejaran entrar aunque fuera a reconocer la escena. De repente, una bala cayó cerca de una de las pangas. Hubo silencio, como cuando las primeras gotas de lluvia crujen en la tierra y todos callan para saber si anunciar: llueve. Llovió. El silencio terminó cuando todas las armas de los guardianes de Walpasiksa empezaron a tronar. AK-47, escopetas 22 y fusiles FAL escupieron balas sin cesar mientras los policías y militares, ante la insólita reacción, se refugiaban en sus propias barcas durante los treinta minutos en los que Matías apenas logró asomar el cañón de su Taurus para responder con algún plomo.

Cuando las dos pangas intentaron huir, ya llevaban un muerto, el teniente de corbeta Joel Eliécer Baltodano, y un herido agonizando que moriría horas más tarde, el sargento tercero Roberto Somarriba.

No satisfechos con repelerlos, los pobladores de Walpasiksa subieron a cuatro pangas y persiguieron a los atemorizados policías y militares.

—Creyeron que nos iríamos costeados –explica Matías–, pero nos tiramos para aguas profundas para entrar en el radar de los gringos, porque con los motores que tienen, si tratábamos de huir por la costa nos terminaban ahí no más.

Los policías y militares se fueron mar adentro y lograron asustar a los pobladores enfurecidos con su estrategia que consistía en acercarse a aguas internacionales, como dando el mensaje de que los estadounidenses vendrían del navío Dauntless que por acuerdo internacional tienen en esa zona, a proteger a los agentes. La estrategia funcionó y, con sus motores de ciento setenta y cinco caballos, solo fueron perseguidos durante unos segundos por los ochocientos caballos de las pangas que los colombianos dejaron a los nicaragüenses de Walpasiksa. Por un pelo, como dice Matías.  

En Managua hablé con el investigador Roberto Orozco, del IEEPP, y coautor del estudio “Una aproximación a la problemática de la criminalidad organizada en las comunidades del Caribe y de fronteras”. Le pregunté de dónde salieron las armas con las que mataron a los dos militares, y Orozco me respondió que no salieron de ningún lado, que ya estaban ahí.

El Caribe nica, pobre, extenso y poco accesible, ofrece una característica más que hace que sea suculento para los narcotraficantes. Está armado. Si bien en el Pacífico y el centro del país hubo procesos de desarme, en toda la Región Autónoma del Caribe, sur y norte, no hubo nada de eso. Durante la guerra civil nicaragüense y aún años después, desde aquí operaron dos grandes grupos de la Contra que se oponían a la revolución, unificados en el Frente Indígena. Los FAL y AK-47, armas que escupieron la muerte en las guerras centroamericanas, con los que dispararon los habitantes de Walpasiksa, no vinieron en lancha desde Colombia. Estaban aquí desde la década de los ochenta.

Durante al menos dos años antes de la balacera, Walpasiksa fue territorio de colombianos vinculados al Cártel de Cali. Según la Fiscalía nicaragüense, los indígenas actuaban bajo las órdenes de Amauri Paudd, un colombiano de cuarenta y cinco años radicado como empresario en Managua, conocido como AC, y buscado por la Interpol por no presentarse al juicio al igual que otros dieciocho miskitos acusados por la balacera de Walpasiksa. Se le acusa también de ser uno de los principales responsables de haber organizado a las comunidades del Caribe nica como base de apoyo para el traslado de la cocaína.

—No fue tan así –discrepa Matías, para quien Paudd es un viejo conocido–. El caso es que a AC lo querían mucho. Dicen que cada vez que llegaba repartía dos mil dólares a cada casa, fue quien puso energía eléctrica con generadores en esa zona. Por eso nos vieron como los que llegábamos a quitarles el pan de cada día. Pero no fue AC quien dijo que dispararan. Él dijo que no dispararan, que cuidaran bien el cargamento, porque también había como un millón de dólares en el helicóptero, pero quienes decidieron disparar fueron algunos pobladores. ¡Porque andaban bolos! No le hicieron caso, a él no le interesaba enfrentarse, así son las reglas aquí. Fueron unos bolos los que jodieron todo ahí.

Tiene lógica. Matías, sus jefes, el investigador del IEEEP y el capitán Castañeda confirman que aquí el que dispara pierde. Los policías no llegan a requisar: negocian, piden permiso, insisten en que les entreguen algo cuando saben de un alijo de cocaína. Los narcotraficantes no abren fuego contra los militares y policías, esa es la regla de este Caribe del tráfico normalizado. Prefieren dejar caer la mercancía al mar y avisar a los pobladores del lugar más cercano que vayan a traer las pacas de coca, que ellos luego la pasarán a buscar y pagarán buen dinero al acopiador que la haya reunido. Nada de vendettas como las que Los Zetas desataron en Guatemala, por ejemplo.

Aquí en los alrededores de Bilwi incluso los narcos no sueltan bala cuando se supone que deben hacerlo.

Sin embargo, en diferentes escalas, el narcotráfico genera violencia y corrupción; ese eslogan ya está asumido.

—Y viveza –agrega Matías, para entrar en materia y explicar otro fenómeno de este Caribe y su cocaína.

Resulta que, a veces, algunos indígenas, generalmente aquellos que en algún momento pertenecieron a las redes de los colombianos, se suben en sus lanchas, encienden sus cuatro motores de doscientos caballos y salen a toda marcha, pero no cargados de cocaína, sino detrás de ella.

Los tumbadores y la violencia que prospera

Son los celebérrimos –al menos en la jerga de esta RAAN en la que muy pocos se interesan– tumbadores del mar.

—Los tumbadores, narcos que asaltan narcos –define Matías.

Desde inicios de este siglo hay registro de redes sociales de las comunidades de la RAAN como Walpasiksa que han servido de apoyo logístico a los colombianos que utilizan este Caribe, a diferencia de los mexicanos que se deslizan por el Pacífico.

Según el investigador Orozco, esto se debe a características físicas y culturales.

—Un colombiano de la isla de San Andrés, moreno, es más fácil que pase inadvertido en Bluefields y Puerto Cabezas; el mexicano se detecta inmediatamente. El colombiano hasta habla igual –me explicó en Managua.

Orozco dice que uno de los problemas que derivó en los grupos indígenas de apoyo al traslado de la cocaína fue el manejo que las policías dieron a sus denuncias.

—Al inicio, los pastores moravos, cuando había operativos en aguas internacionales y las corrientes traían la droga a la playa, el miskito no sabía qué era eso. Solo sabía que era malo, solo iba y entregaba a la policía. Pero, como a veces era capturada la persona, comenzaron a ocultar la droga. Pasaba después el colombiano acopiando, se dieron cuenta de que había un negocio, no la consumían, la volvían a meter al circuito. Comenzaron a surgir personas que comenzaron a acopiar la droga que tiraban en aguas internacionales los narcotraficantes perseguidos. Comenzaron también a vender localmente y a traficar hacia Managua. Así nacen entonces el tráfico interno de cocaína y las redes de acopiadores.

Y una cosa lleva a la otra. En una red, sobre todo en este tipo de redes, hay conflictos. Unos se pelean con otros. Unos pecan de ambiciosos y otros responden con envidia y venganza. Con una gran parte de las comunidades con miembros armados y que han sido servidores de los colombianos, los resentidos encontraron cómo encauzar su enojo. De ahí los tumbadores.

Son nicaragüenses miskitos que saben infiltrar a las redes de apoyo de los narcos, enterarse de cuándo viene una panga cargada de cocaína y salir en sus pangas a interceptarla.

Normalmente, una panga que viene de Colombia trae cuatro tripulantes. Un capitán, que es el jefe a bordo; un panguero, que es un experto conductor de estas aguas y sabe cómo sortear el oleaje sin volcar; y dos tripulantes, encargados de rellenar el tanque de gasolina y de disparar si hay que disparar. Los tumbadores, al no llevar ni cocaína ni barriles con gasolina, pueden ser igual de rápidos que los traficantes aunque lleven más tripulación. Seis y hasta ocho hombres armados se van al encuentro de las pangas colombianas. Narcos que asaltan narcos.

—Eso ha de traer consecuencias brutales. Supongo que luego los narcos colombianos regresarán a cobrar con sangre lo que les quitaron –le digo a Matías, aplicando a este Caribe sin turistas la lógica que asumo luego de investigar durante años la forma de operar de los mexicanos en México.

—Ja, ja, ja. No, hombre, no son pendejos. Prefieren tener tranquila la comunidad. Ellos llegan a la comunidad en cuestión de horas, a veces los mismos que fueron asaltados. Los tumbadores en un ratito llegan a la comunidad y venden a uno de los acopiadores, que es conocido de todos, y luego los colombianos llegan donde él: Hey, mirá, nos robaron tantos kilos, y como es nuestra, te vamos a dar solo tantos miles de dólares por ella. Llegan a un acuerdo. No pasa ni un día desde que los tumbadores roban hasta que los colombianos la llegan a comprar.

El comisionado policial Benjamín Lewis, miskito y jefe de Matías, me explicó hace dos días, en una entrevista larga realizada al amparo de una destartalada máquina de aire acondicionado, que incluso los cárteles colombianos se comunican entre ellos cuando hay un tumbe. Esos paquetes de droga marcados de tal manera y robados cerca de tal aldea son nuestros. Los demás cárteles, víctimas también de los tumbadores, cumplen el pacto y no aceptan comprar, sino que la dejan para que su dueño original llegue a negociar el precio de lo que le robaron.

Según el capitán de fragata Castañeda, en cambio, no todo es negociaciones. Durante nuestra charla allá en su oficina del muelle dijo que los tumbadores ya habían cambiado el signo pacífico de este litoral. Sus palabras fueron de una resignación extraña en un militar.

—Hace unos seis años atrás, cuando nos identificaban, tiraban las armas, y la captura se hacía pasiva, menos cuando era de noche y no había visibilidad, pero al grito de ¡Fuerza Naval de Nicaragua! todo cambiaba. Ahora, todo ha cambiado en un cien por ciento. Es un combate. El año pasado, septiembre, un sargento perdió la pierna producto de un intercambio de disparos con narcos. El narco ya no nos respeta como autoridad. Cuando se ven perseguidos, se van orillando a la costa, y al verse cercanos a una comunidad, varan la lancha y te siguen tirando bala en lo que descargan y se esconden. Las comunidades ya saben qué hacer.

Es quizá porque los militares no terminan de adaptarse a las reglas de este Caribe. Los policías sí tienen bien asumidas las reglas del juego. El comisionado Lewis utilizó un ejemplo genérico para explicarlo.

—Cuando llegamos nos abocamos al síndico, a los pastores de la Iglesia Morava o al consejo de ancianos: Miren, venimos a ver este cargamento que sabemos que está aquí. Y de ellos depende. No lo esconden: sí, vinieron,  le dieron a fulano y mengano, se fueron y ya lo vendimos. Hay muy buena comunicación, pero como le digo, puede más el dinero.

Todo se trata de dinero, de necesidades. Ser pobre en un barranco, a la par de otro pobre, es asumible. Terrible, pero asumible. Ser pobre a la par de otro pobre que dejó de serlo y ahora vive en una enorme casa a la par de tu casucha debe de ser más complicado, sobre todo si uno mismo puede, de la noche a la mañana, entrar en el negocio que hizo prosperar a tu vecino.

Eso sí, a más red, a más gente metida en esto, a más dinero, más violencia. No necesariamente como la mexicana, guatemalteca u hondureña, donde los cárteles hacen performances de la muerte desmembrando gente, masacrando enormes grupos y dejándolos ahí, a la vista, y hasta con mensajes escritos. Pero sí más violencia, alguna que otra balacera y delitos de bagatela, de esos que hacen la vida más incómoda.

La tarde se nos va del todo, y desde el balcón del restaurante ya no se ve el Caribe, pero se escucha suave, meneándose y reventando en la orilla en discretas olas. Luego de haber escuchado a Matías, el agente de inteligencia policial, de saber que su mayor éxito según él es cuando decomisó dos pangas con barriles de gasolina, pero ya sin la droga ni los traficantes, le pregunto por qué demonios le interesa seguir en esta lucha, y contra qué exactamente lucha. ¿Contra unas pangas abandonadas? ¿Contra unas siluetas que disparan desde la playa de Walpasiksa? ¿Contra unos pastores, unos ancianos, unos miskitos que salieron de la miseria gracias a unos colombianos?

—Te diré por qué –me responde serio–. Si antes te emborrachabas aquí en Bilwi y te quedabas dormido en el parque central, amanecías con zapatos. Hoy no, amanecés sin zapatos y sin pantalón, porque los muchachos que fuman el crack hacen lo que sea para tener dinero y comprar. Esta gente es pacífica. Abandonados como están, siempre han sabido vivir comiendo de lo que cultivan y curándose con sus raíces. El paso de la droga crea necesidades. Le enseña al que no tiene nada pero es feliz que otro tiene algo mejor, que eso otro es felicidad, y eso jode, jode a un pueblo. Contra eso lucho.

El dilema de Sadú

Hoy nos hemos dado cita con Matías en el mismo restaurante con mirador. Ayer le comenté que necesitaba encontrar fuentes directas, algún “ha-sido-de-todo” como le dicen por aquí a los multiuso. Matías prometió presentarme a un panguero que conoce muy bien las ofertas de los narcos y que una vez –solo una vez, dijo– les llevó una panga.

Puntuales se bajan de un carro tan destartalado que a nadie le extrañaría verlo en una chatarrería debajo de otro carro. Sadú es un hombre negro y alto de cuarenta y cinco años, con los antebrazos fibrosos y marcados, como todos los hombres que trabajan las pangas y se la pasan jalando cuerdas, apretando tuercas y manipulando motores. Se sienta con la humildad de un campesino. Callado, sin mirar nunca durante mucho tiempo a mis ojos y agarrando sus manos entre sus piernas, encorvado hacia adelante.

—¿Y qué cuenta, Sadú? –pregunto, invitando a sonreír.

—Ayer, frente a laguna de Bismuna hubo persecución, pero no lograron, porque narco llevaba ochocientos caballo –reza el miskito con su imperfecto español, asumiendo que lo quiero para que me cuente persecuciones, fechas, nombres, lugares. Pero no es para eso que quiero escucharlo.

Ha sido imposible sacar a Sadú de allí: ha hablado, ha contado la lógica de las pangas: no siempre menos peso es más rápido, porque sin el peso suficiente mucha velocidad vuelca la panga en una persecución. Ha explicado cómo en Sandy Bay, tras lo de Walpasiksa, sitio estratégico para los colombianos, una panga se interna por la laguna, se esconde entre matorrales y por caminitos de tierra es descargada en menos de una hora por los locales. Ahora sé que esto es de ida y vuelta, que los pangueros suben la cocaína a Honduras y al bajar pasan por Jamaica para recoger marihuana y llevarla a Costa Rica. Sé que los estadounidenses están en el meridiano ochenta y dos y que las pangas se deslizan entre dos y siete millas mar adentro, que las persecuciones no son como las de los carros, a unos centímetros uno del otro, sino que es algo de millas, que a veces ni ves la lancha que seguís, pero que sabés que ahí va, porque alguien –normalmente los estadounidenses– te van dando las coordenadas. Sé que los narcos llevan GPS, mapas y brújula y que bien cargados alcanzan las cincuenta millas por hora. Todo eso sé, pero aún no sé nada de Sadú.

Al final de la tarde, le pido que nos lleve en su decadente carro. Él, de momento, vive de esa chatarra, es su taxi. En Bilwi, casi todos se mueven en taxi, pero una corrida normal se paga a setenta y cinco centavos de dólar. Aquí, en tierra, todo se paga mal.

En el camino logro arrancarle un pedacito de él. Dice que era pescador de langostas, que había logrado comprar un tanque de aire y una cámara fría para guardar el producto de su pesca. Dice que ahora mismo le va mal, que el huracán Félix, ese que se ensañó contra estos indígenas en septiembre de 2007, lo dejó cinco días de náufrago en altamar, agarrado a unos bidones de gasolina, viendo morir a sus dos compañeros de pesca. Cuenta que ahí perdió el motor y que la panga apareció tiempo después en una playa. Dice que desde entonces no levanta cabeza.

Amanece. Ayer acordé con Sadú que hoy nos volveríamos a ver. Le pedí que esta vez me enseñara su panga y su casa.

Su casa, como la de la mayoría de pescadores, está en el barrio El Muelle. Su casa es la de un pobre, de tablones viejos de madera, con apenas muebles, y los que hay muy viejos. En la sala, hace de asiento la palangana para las langostas que lleva cinco años en desuso.

—Esta es mi casa –dice Sadú, ceremonioso como es, estirando su brazo con lentitud, como lo haría una modelo de televisión para lucir el carro que rifan en su programa. Adentro, gris, poco–. Vamos a ver lo demás que tengo –me invita Sadú, y con eso se refiere a que vayamos a ver la otra pertenencia que tiene en su vida, una panga inútil.

Caminamos entre casuchas de madera de las que sale un olor a pescado. La gente saluda a Sadú, pero yo no entiendo ni pizca de miskito. Sadú saluda con su largo brazo.

—Ahí está –dice, cuando salimos a una pequeña playita atrás del barrio.

¿Y bien? Sí, ahí está, efectivamente. Es un momento de expectativa derrumbada. Una panga sin motor tirada en la playa. Es eso y nada más, una panga sin motor tirada en la playa.

—¿Y cuándo comprarás motor, Sadú?

—No puedo. Motor de sesenta caballos vale cinco mil dólares. Aquí todo más caro, porque todos venden a precio de gente que puede pagar, y alguna gente puede pagar mucho.

—¿Y cómo es que antes lograste comprar tu motor?

Sadú me mira y sonríe apenado. Baja el rostro. Se me vienen a la mente las palabras con las que Matías me presentó a Sadú: solo una vez les llevó una panga. Cambio mi pregunta.

—¿Cuánto le pagan los colombianos a un panguero por llevar una panga de la frontera con Costa Rica a la frontera con Honduras, Sadú?

—Si va de marino simple, treinta y cinco mil dólares; si usté es capitán, hasta ochenta mil.

¡Eso pagan los narcos por un recorrido que dura un día y una noche! Pagan en efectivo, sin trámites ni esperas. Es normal, un cargamento de una tonelada es vendido en destino final, en Estados Unidos, por alrededor de sesenta millones.

Los estudiosos, los analistas, los políticos utilizan casos de otros políticos que fueron comprados por el narco por exorbitantes sumas, por millones de dólares. Políticos con buenos sueldos y excelentes carros que querían más y más y más, pero no porque no tuvieran. Pienso, aquí al pie de una panga inútil, si no es el dilema de Sadú el que explica mejor lo complicado –imposible– que es cortar este flujo que no solo tiene que ver con drogadictos y traficantes, sino también con gente pobre que necesitaba un motor, gente indígena que lo consiguió aceptando la única oferta que tenía a la mano, gente que perdió un motor, gente que de nuevo necesita un motor. Gente que de nuevo tiene solo una oferta.

La reverenda Cora Antonio coincide conmigo, pero encuentra que hay otros factores que han convertido a este Caribe en uno donde solo hay tres opciones: cocaína, pangas o langostas.

Los tres temores de la reverenda

Cora me recuerda al personaje de un cuento de Truman Capote, Mr. Jones, un señor misterioso que recibía en su casa a cuanto visitante llegaba. Y llegaban muchos a contarle cosas, a preguntarle cosas, a contarle infidencias. El cuartito de Brooklyn donde Mr. Jones recibía a sus invitados cambia en el caso de Cora por el porche de su modesta casa de cemento, con una segunda planta en construcción, en pleno barrio Moravo de Bilwi, un sitio apacible. Cora pasa las tardes sentada en su mecedora, atendiendo a personas que parecen escucharla como lo haría un hombre juzgado cuando su abogado le cuenta las opciones que le quedan.

Es de las mujeres más respetadas de todo el Atlántico nicaragüense, y una de las personas que mejor lo conoce. La reverenda fue la primera mujer en formar parte del Sínodo de los moravos, su organismo de dirección, y hasta mediados del año pasado, cuando dejó el cargo, la primera mujer en ocupar el cargo superior, superintendente. La protestante Iglesia Morava es la que tiene mayor presencia en este Caribe, y lleva una ventaja abismal sobre las demás. La explicación se mide en años. Fue en 1849 cuando los primeros misioneros traídos por los ingleses llegaron a estas costas a evangelizar a los indígenas. Casi cada comunidad tiene un pastor moravo que si bien ya no tiene el poder absoluto que tenía hasta la década de los ochenta, sigue siendo uno de los que lleva la voz cantante en las comunidades de este litoral.

Acudí a Cora para que me ilustrara sobre hacia dónde ir y me presentara a algún pastor con quien conseguir entrada en una comunidad, ya fuera Sandy Bay o Walpasiksa. Pensé, por alguna extraña razón, que un pastor moravo estaría lejos del dilema de Sadú, y me podría hablar de lo que pasa en su comunidad mientras me llevaba en una panga hacia ella. Cora me ayudó a aterrizar.

—¿Para qué te voy a mentir? Sí hay muchos pastores involucrados –dice Cora, y cuenta una anécdota de cuando un taxista le reclamó que por qué denunciaba la droga si la droga les daba de comer, si la droga ponía las ofrendas que llenaban su charola los domingos, si la droga le construía sus templos en las comunidades. Y Cora le respondió que eso era diferente a aceptar dinero de un narco, y luego me dice que ella misma retiró a un pastor cuando supo que aceptó cinco mil córdobas.

—¿Cómo vas a predicar cuando los narcos entran y violan a las muchachas y pagan a las muchachitas de trece, catorce años, veinte dólares para dormir con ellas? Ellos entran, tienen el dinero y van… Incluso si se enamoran de la esposa de una persona, van a acostarse con la esposa del señor, y las muchachitas ahí andan, porque quieren dinero –recuerda Cora que reprendió a su pastor.

Convencido de que el ingreso a una comunidad no será a través de ningún pastor, elijo cerrar la conversación preguntando a Cora por el futuro, por sus miedos de lo que se viene. Los tiene muy claros, en la punta de la lengua. Tres cosas, dice levantando tres dedos:

—La primera es la tenencia de tierra, porque mucha gente del Pacífico –así nos llaman a los que no somos de aquí– está viniendo a comprar tierra al ver que hay cómo hacer negocio, y los afectados van a ser los indígenas desplazados. La segunda –sigue–: aquí hay armas, y las personas que se meten en este trabajo ven la ambición, el dinero, no ven que tarde o temprano entre ellos se van a matar, o que otros narcos los van a venir a matar. Y la tercera, que el paso de la droga esconde otros problemas de comunidades que siguen siendo pobres, con muy poca educación, con casi ningún puesto de asistencia médica en lugares a los que solo por mar se llega.

Así cierra su enumeración de temores. Pero tiene algo más que decir.

—Los gobiernos se despreocuparon de esta costa Atlántica, y otros se hicieron cargo, eso es lo que pasó –lamenta y luego me lanza una recomendación–: No vaya solo a Sandy Bay, que alguien de aquí lo acompañe. No gusta mucho la gente del Pacífico que llega sola allá.

Mansiones entre cocoteros

Llegar a Sandy Bay ha sido una peripecia. Es domingo, y hoy no suelen salir pangas de pasajeros, por lo que la única que llegó, la del lanchero con el que ayer apalabramos la salida, fue la nuestra, a la que más gente se subió aprovechando la inusual ocasión. Pero claro, como no declararon salida, el ejército nos interceptó con otra panga apenas unos trescientos metros pasado el muelle en dirección a Honduras. Nos devolvieron, nos revisaron, solo cuando el capitán de corbeta Castañeda me vio a bordo suavizó la medida y no retuvo la panga.

—Es que ando revisando si no llevan licor, porque ese es el trato, allá no se permite tomar –dijo el capitán de corbeta.

La incomodidad de dos horas bajo el inclemente sol y el dolor en las nalgas causado por el golpeteo de la lancha con el oleaje empiezan a valer la pena cuando nos desviamos por la laguna rodeada de manglar que da entrada a Sandy Bay. Esta es la capital de la droga en la RAAN, según los militares y los policías. A simple vista, un lugar hermoso. Compuesto por once barrios, Sandy Bay se muestra primero a través de uno de ellos, Lidaukra. Guardando las distancias, esto recuerda a la isla de los famosos de Miami, casas de dos plantas con fachada a la laguna, amplios ventanales y jardines bien recortados.

Bajamos en Nina Yari, hasta cuyo muelle se llega adentrándose en los caminitos que dejan los manglares, una especie de callejuela de agua que abre camino a otros callejones que la maleza esconde, un verdadero laberinto salado. Unos hombres descansan frente al desembarcadero. Caminamos ante sus miradas fijas. ¿Hacia dónde van?, se escucha que pregunta uno. Y el fotógrafo Edu Ponces esquiva con su respuesta. ¿Para dónde caminan?, insiste, y Ponces señala a Ruth Jackson, la periodista miskita que nos acompaña, a lo que le dijimos es un viaje para conocer su comunidad, nada más. El hombre nos deja en paz. Es un hecho. Entrar a Sandy Bay sin ser detectado es una fantasía, hay ojos por todas partes y los motores fuera de borda se escuchan desde lejos cuando navegan por los callejones del manglar.

El wihta Seledón López nos espera en su casa de cemento de dos plantas. Él es el jefe máximo de la comunidad. Asesorado por el consejo de ancianos, es quien dirime cualquier problema y ordena prisión a quien sea. Lo interrumpimos, ya que veía un partido de fútbol en su enorme televisión de plasma. Como muchas de las casas de Sandy Bay, esta también tiene antena propia, que le da comunicación y televisión por cable. Al poco tiempo, se escucha el rugido de varias motos. Afuera de la casa del wihta, que nos pidió esperar un momento antes de hablar, estacionan sus Yamaha nuevas siete hombres recios. Se trata de la comisión de seguridad de Sandy Bay. Desde que los miskitos echaron a la policía y los militares de aquí en 2009, mantienen su propio grupo encargado del orden esos hombres que patrullan en sus motos.

El comisionado policial Lewis me dijo que entre los veintitrés miembros de esa comisión hay algunos reconocidos maleantes que trabajan con los colombianos. La policía incluso envió una carta de protesta al gobierno regional, el GRAAN, pidiendo que sacaran a algunas personas de la comisión, porque ellos los tenían fichados como operadores de los narcos.

De Sandy Bay, tanto Lewis como Matías, el capitán de corbeta y el investigador Orozco coinciden en lo mismo, que se puede resumir en una sentencia de Lewis:

—Ahí mandan ellos, los vinculados a los narcos. Tienen el poder económico y armado. Ahí operan colombianos, jamaiquinos, ticos, hondureños. Llegan, se están cuatro, ocho días, hacen sus contactos, salen; se habla de dos, tres pistas clandestinas en lugares bien difíciles de acceso, difíciles para nosotros. Hay personas que nos han querido llevar a fotografiar, pero no hemos hallado por dónde entrar, no hay modo sin que nos miren.

Todos coinciden también en que los narcos buscan primero o al pastor o al wihta o al consejo de ancianos para crear base social; todos coinciden en que sin ellos no hay negocio. Sin embargo, Seledón, diminuto, con lentes, moreno, como cualquier campesino centroamericano, con su graciosa forma de hablar español y sus cincuenta años, parece tan inofensivo…

Con toda la amabilidad del mundo escucha nuestras peticiones, recorrer todas las comunidades desde ahora mismo hasta que anochezca. Acepta y nos dice que para eso ha llegado la comisión, que ellos nos llevarán en sus motos si queremos hacer el recorrido.

Es descarado cómo estos hombres pretenden llevarnos solo a conocer el Sandy Bay más precario. Decimos que queremos ver el muelle, para acercarnos a las casas tipo Miami de Lidaukra, y nos llevan al margen casi inaccesible de una pequeña laguna. Decimos que queremos conocer el centro del pueblo y nos llevan a la casa de una anciana que no habla español y que ayer perdió su choza de palma de coco y madera por un incendio accidental, y se ha quedado sin nada, nada de nada. Pedimos ir hacia el centro una vez más y nos llevan a enseñar su cárcel, una mazmorra asfixiante donde encierran a los borrachos y problemáticos.

Sin embargo, nada les da resultado. Sandy Bay es alucinante y para verlo no hay que detenerse a mirar, basta con pasar zumbado en una motocicleta. Para llegar a la laguna, para ir hasta la casa de la viejita, se atraviesa el centro de Sandy Bay por la callejuelita de cemento que hace de único camino vehicular en este extraño sitio. Es un paseo de lujo. Casas, mansiones que no tienen nada que envidiar a las de veraneo que los millonarios centroamericanos tienen en la playa. No una, decenas de casas de tres plantas con piscina, revestidas de azulejo. Recuerdo lo que dijo Matías: cemento en esas comunidades es igual a narco. Es carísimo, mucho más que en Managua, hacer una construcción de cemento aquí, porque tienes que transportar los sacos en pangas, y eso no está al alcance económico de un pescador.

Volvemos de noche y Seledón, amable, nos invita a salir de su casa de dos plantas, cruzar la pequeña callejuela y pasar a la cocina, que los miskitos suelen tener separada de su lugar de habitación. Nos sentamos a comer mientras Seledón habla de la paz que ha traído la comisión de seguridad, de lo tranquilos que están los dieciséis mil habitantes de Sandy Bay, de la falta de medicinas y atención médica, de cómo solo una enfermera los atiende. Lo interrumpo a cada frase e intento meter, solapada, la pregunta. Al final, lo logro.

—¿Y por qué tienen tan mala fama los de aquí?

—¡Claro, todos saben de qué habla ahora! ¡Traficantes! Dejamos pasar, no encarar nosotros a ellos porque andan arma, dejamos pasar.

Eso fue todo sobre el tema.

Temprano, agradecemos a Seledón la comida y el techo para pasar la noche y nos vamos. Regresamos sin novedades. A medio camino, el panguero se ilusiona al ver un barril azul asomando en una playa desierta. Da un giro vertiginoso a la panga y dice algo en miskito a su ayudante, que se abalanza al agua hasta llegar al barril. Vacío. El panguero le dice algo en miskito al muchacho. Solo entiendo la palabra droga. El muchacho da vuelta al barril, que solo deja caer unas gotas de agua, y se encoje de hombros. Seguimos hacia Bilwi.

Un buen día

Mañana nos iremos de la RAAN. Al mediodía sale nuestra avioneta hacia Managua. Es la única forma de llegar hasta aquí en un tiempo razonable. Por tierra, el recorrido puede ser de entre dieciséis y veintiocho horas, dependiendo del estado de la precaria calle de terracería.

Me llama Matías.

—¿Viste algo raro por allá? –pregunta.

—No, nada.

—Es que estamos persiguiendo un cargamento que llegó. Iremos a ver hoy, mañana te cuento.

Amanece.

—Matías, ¿fueron?

—Sí.

—Ajá, ¿y qué?

—Nada, nos dijeron que ya la habían vendido. La encontraron los pescadores de un barco caracolero que andaba allá por los cayos y la vendieron en Sandy Bay al acopiador. Eran doscientos kilos que los narcos tiraron en una persecución. A cada marino le pagaron cinco mil dólares.

—¿Y cuántos marinos eran?

—Ochenta.

—¡Qué! ¿Será eso posible?

—Ay, hermano, salí y mirá las calles.

El sol resplandece con fuerza y Bilwi está alegre, los negocios están repletos de gente y el muelle bulle con pangas que salen y entran con más gente que viene a hacer compras.

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La batalla de Ciudad Barrios http://revistamarcapasos.com/cronicas/la-batalla-de-ciudad-barrios/ http://revistamarcapasos.com/cronicas/la-batalla-de-ciudad-barrios/#comments Mon, 22 Aug 2011 10:16:40 +0000 DANIEL VALENCIA CARAVANTES (PERIODISTA DE EL FARO) http://revistamarcapasos.com/?p=4854 Cuando le interrogó su comandante, el soldado respondió que estaba harto de tanto insulto. Le habían gritado “¡rana!”. Le dijeron campesino analfabeto que “garrobea” (que vigila desde el garitón) por doscientos dólares. Y luego lo amenazaron. Fue cuando se le terminó la paciencia. Eso dijo al comandante tras descubrirse lo que le hizo a los pandilleros de la Mara Salvatrucha, presos en el sector 2 del penal de Ciudad Barrios, San Miguel. “¡Ya vamos a ir por vos!”, le gritaron en el turno anterior. Por eso en la madrugada del viernes dieciocho de marzo decidió desquitarse.

La cárcel de Ciudad Barrios es un cuadrado de cemento con cuatro sectores de celdas, un patio general, dos talleres y una escuela. Frente al penal está la carretera al pueblo, y a su alrededor hay colonias de pobres, algunas todavía con paredes y techos de lámina. Entre el penal y el exterior hay una línea militarizada difícil de cruzar. Es así desde noviembre de 2009, cuando el ejército inició las tareas de seguridad pública. Las pandillas se están desquitando con los militares y los policías. Con los militares por el cerco, con los policías por el aumento de capturas, la reducción de las extorsiones y la desarticulación de bandas. Entre diciembre de 2010 y marzo de 2011han sido asesinados once militares y ocho policías. La noticia, difundida entre la tropa, está provocando que los ánimos en las cárceles se caldeen. Sobre todo en Ciudad Barrios, desde donde se ha enviado la orden de disparar a soldados y policías, según fuentes de inteligencia policial, militar y de Centros Penales.

Para un soldado que vive veinticuatro horas en alerta, la mejor oportunidad para desquitarse de los escarnios es aquella que se toma sin pensar en las consecuencias. Sobre todo porque los soldados ya están cansados –por culpa del poder que le reconocen a su enemigo- de mirar con el rabillo del ojo como unos paranoicos.

“Queda estrictamente prohibido el uso de teléfonos con cámara digital y de video al personal de los grupos de tarea, a fin de evitar el involucramiento de personal propio en actividades ilícitas o que den sospechas de colaborar con miembros de pandillas u otros organismos afines a estas”, escribió en un memorando confidencial, distribuido a los  once grupos de tarea, el comandante general del Comando San Carlos, el cuatro de marzo de este año. Al San Carlos están subordinados doscientos cincuenta elementos en cada una de las once cárceles bajo su control.

Los campamentos apostados en las cercanías son el único lugar donde los soldados se descubren el rostro, que llevan siempre escondido tras un pasamontañas negro y gafas de sol. No quieren que se los identifique. Dicen que los pandilleros y sus familiares  intentan grabarse las miradas, sonidos vocales, posturas y cicatrices en las manos. Así es esta guerra donde la mitad de los enemigos están encerrados tras las rejas, a veces gritándoles de todo o aventándoles de todo; y la otra mitad, las enemigas, visten faldones largos e intentan visitar a sus parientes presos.

—Normalmente (los presos) les echan las grandes bandeadas y les tiran (a los soldados) pelotitas con pupú… Es posible que alguien no aguante y responda de alguna manera –me dijo el ministro de Defensa, David Munguía Payés, cuando le pregunté por el caso del soldado que insultó a la Mara Salvatrucha.

La travesura del soldado anónimo

Cuando los soldados se quitan las máscaras enseñan unas ojeras amplias y pronunciadas. Viven en constante estrés. Vigilan el penal, patrullan, requisan, discuten con las mujeres que intentan visitar a sus familiares, aguantan insultos de los reos, comen, duermen y de nuevo a la jornada. Realizan turnos de tres horas y descansan seis.  Así durante veintidós días seguidos. A esta carga se suman las noticias que vienen desde afuera: once militares  y ocho policías asesinados, el ministro de Defensa declarando una guerra… El seis de marzo de este año, cuatro días después de que se conociera la última baja en el ejército, Munguía Payés declaró al periódico Contrapunto palabras explicables de un ministro de Defensa: “(Esto) es una guerra para nosotros”.

La tropa, enclaustrada en las barracas, repite la misma consigna. Los cañones alrededor de los penales –con balas calibre 0.50- siempre apuntan a algo. Desde el techo de una casa de dos plantas ubicada a un costado del penal hay un soldado que apunta también a la visita. En este ambiente de guerra, a los sentimientos inflamados, aderezados por los insultos del enemigo, a veces es necesario buscarles una salida. Como la que encontró aquel soldado anónimo la madrugada del viernes dieciocho de marzo.

Antes de bajar por las oxidadas escaleras, el soldado le mintió a su relevo:

—Sin novedades – dijo.

Luego se sometió a las pesquisas de sus compañeros, que le preguntaron “¿no llevás nada?”, mientras lo cacheaban de pies a cabeza con el detector de metales garret y con las manos. El soldado respondió  “negativo” y  calló. Luego se fue a dormir. Horas más tarde, cuando los rayos del sol iluminaron Ciudad Barrios, su travesura quedó al descubierto. Por esa fechoría, lo quitaron del pelotón y lo investigaron para determinar si tenía vínculos con la pandilla del Barrio 18, enemiga a muerte de la MS. Lo investigaron porque en un rótulo que colgó en la madrugada, justo debajo de la mira del garitón, escribió con su puño y letra:

“MS
Mierdas Secas
100% 18”

La casa MS

La Mara Salvatrucha es una de las pandillas más peligrosas del mundo, con unos cien mil miembros en Estados Unidos, México, El Salvador, Honduras y Guatemala, según el FBI. En el penal de Ciudad Barrios, de acuerdo con las autoridades, opera una especie de mando nacional que “tira palabra” para los pandilleros que están fuera de las rejas. Mucha de esa información, según el ejército, se difunde por un solo canal: las mujeres. “Son el correo”, dice Munguía Payés. Según el director del penal, Félix Ruiz, también  circula a través de teléfonos. De alguna manera, aún con bloqueadores instalados en el techo, “ellos logran hacer llamadas. Eso ni lo dude”.

En septiembre de 2010, este fue el primer penal que se amotinó en protesta por la aprobación de la ley antipandillas. Allí se amontonan  2.314 pandilleros, cuando la capacidad real es de ochocientas personas.

En Barrios, los últimos incidentes registrados son igual de contundentes que la sinceridad del director que intenta controlarlo, quien admite que el “control” es muy relativo.

—Hay un trato de convivencia con los reclusos –dice Félix Ruiz–. De la reja para adentro, mandamos en lo formal: el encierro, el desencierro, el ingreso de la comida y la realización de actividades.

—¿Qué es lo informal?

—El control del penal: adentro de los cuatro sectores, depende totalmente de ellos. ¿Entiende por qué le digo que es un control relativo? –explica. En Barrios, la proporción de custodios por reos es de cincuenta a uno.

Le pedí a Ruiz que me dejara hablar con algún coordinador de sectores y me dijo que estaba difícil, que tenía que pedir alguna autorización. Lo más que podía hacer era acercarme a la reja de entrada e intentar que ellos hablaran conmigo.

—Este es un penal de cuidado. Allá adentro no podemos garantizar su seguridad –insistió.

En 2010 asesinaron adentro a cinco internos: “Rencillas”. A finales de ese año descubrieron dos túneles. En el primer trimestre de 2011 descubrieron otros cuatro. El último, una semana después de mi primera visita. En esa ocasión también encontraron una pistola calibre 0.38 especial marca Smith & Wesson. Una de las dos armas que durante años han estado ocultas. Junto con la pistola también hallaron seis cartuchos y un bote de aceite 3 en 1, presumiblemente para mantener el arma en un buen estado, aunque los internos dicen que eso es un invento.

—¡No´mb´e! ¡Ja, ja, ja! Esa babosada era una pieza para museo, era un juguete de esos que avientan agua –me dijo un pandillero, detrás de esa reja, una semana después de la requisa. Luego insistió en que las autoridades la habían puesto ahí para justificar el cerco contra el penal.

—Cuando hay demasiada calma o tensa calma, como lo llamamos nosotros, no es porque ellos dejen de estar planeando algo. Siempre están planeando algo —dice Ruiz.

Una fuente de inteligencia policial que ha seguido de cerca la ebullición del conflicto entre los pandilleros y los militares en los centros penales, me dijo algo parecido.

—Si algo va a estallar, estallará en Ciudad Barrios.

Hace tres semanas, en un caserío del pueblo, unos informantes alertaron de la existencia de cuatro minas claymore. Estas minas tienen capacidad para mandar al carajo a cincuenta personas o derribar un muro grueso. “Un muro como el del penal”. Las minas fueron encontradas en letrinas aboneras de una casa deshabitada a la que —según dijo el dueño— llegaron a vivir unos inquilinos que la alquilaron sin mostrarle papeles. La policía descubrió que los explosivos formaban parte del suministro de armas que Estados Unidos entregó al ejército salvadoreño durante la guerra. Las minas todavía tenían grabado el número de serie.

En la grabación de una llamada telefónica a la que tuve acceso —supuestamente originada desde el penal—, un supuesto pandillero de la MS cuenta el plan para atacar a los soldados. El tipo menciona que se están pidiendo entre cuatro y seis dólares por cabeza, semanalmente, a los reos del penal, para comprar armas pesadas. Luego cuenta que desde hace tres meses se está entrenando a pandilleros afuera para que sepan disparar cañones low. Según dice, la pandilla descarta un combate directo con el ejército dado el entrenamiento que “las ranas” poseen.

—Se tiene información acerca de la intención de las pandillas de cometer un atentado.  Se ha dado la voz de alarma a todos los centros penales, pero sobre todo a aquellos donde hay presencia de la MS. Supongo que es por el nivel de desesperación o la amenaza que perciben en su estructura de mando —me explicó, hace dos semanas, el subdirector de investigaciones de la Policía Nacional Civil, Howard Cotto.

En esta campaña, la gran diferencia entre la policía y el ejército, estriba en que una institución afirma estar preparada para un eventual ataque, y la otra habla de una guerra con bajas provocadas por un ataque ya iniciado. Mientras Munguía Payés insiste en que los asesinatos de militares y policías son producto de estos planes de “líderes de pandillas”, Cotto propone otro análisis.

—No es correcto irnos a los extremos y decir: no, los pandilleros no tienen nada contra policías y militares —dice Cotto—. Pero tampoco es correcto decir que todos esos casos ocurrieron porque había una orden de ataque. Todavía no hemos logrado demostrar que la muerte de un policía o militar a manos de un pandillero sea el resultado de una orden girada desde un penal, sino de eventos aislados que tienen que ver con los niveles de vulnerabilidad de ambas instituciones, o han sido provocados por rencillas entre los miembros de pandillas. Eso hay que tenerlo en cuenta si no queremos tener una apreciación un poco sesgada de la realidad.

En Ciudad Barrios muchos soldados creyeron que un túnel descubierto en enero de este año fue construido para delatar a algunos de sus compañeros. En un perfecto trabajo de topos humanos, los reos escarbaron noventa centímetros de diámetro por dos metros de profundidad y pusieron camisas rellenas con la tierra escarbada para sostener las paredes. Veinte metros les faltó para encontrar una salida. El túnel pasaba bajo el garitón 3 y hubiera salido cerca de un punto de control militar al otro lado del muro. Pero lo que para muchos sonó a emboscada, para la policía e investigadores del ejército la pregunta era otra. El túnel fue escarbado en la cancha del penal, justo debajo de ese garitón, el que más contacto tiene con los internos. ¿Cómo no se dieron cuenta los soldados de ese garitón de la existencia de ese túnel, que se arañaba desde la cancha, debajo de sus narices?

—O no se fijaron o se fijaron y no quisieron fijarse —me dijo una fuente de inteligencia militar.

La batalla por el garitón 8

El garitón 8 está ubicado al extremo sur del penal. A diferencia del 3, que está justo encima del patio central, éste está alejado del muro de concreto y controla el movimiento del Sector 2, a la izquierda, y de la segunda planta del Sector 3, a la derecha.

El sol que nace por oriente baña todas las mañanas el sector 2.  Los reos se levantan con el astro y asoman las caras tatuadas por las rejas para saludarlo. “Es de las pocas cosas que tenemos aquí para espabilarnos. Es lindo ver eso”, me dijo un joven de veintitrés años, preso por homicidio en una celda de ese sector.

A las seis de la mañana del viernes dieciocho de marzo, los reos estaban recibiendo el día cuando uno de ellos se percató del rótulo. La noticia se propagó rápido y algunos le gritaron al soldado de relevo: “¡Rana cerotaaa, bajá esa mierdaaa!”

Los coordinadores de los sectores, pasada una hora, se dieron cuenta de que ya no podrían controlar a su gente si ese rótulo seguía ahí colgado. Ya es un agravio que un pandillero rival insulte al barrio, pero que un soldado haga lo mismo, utilizando las expresiones del rival, es como si alguien lanzara una piedra contra las patas de una mesa de cristal. Había quienes ya hablaban de un motín. El director Ruiz lo sabía y por eso marcaba y marcaba al coronel al mando de la tropa para que quitara esa “carajada”. Pero el coronel no respondió hasta el undécimo intento, una hora después de las advertencias. El incidente no llegó a más porque a las dos horas los soldados bajaron el rótulo. Entonces en los sectores 2 y 3 se escuchó una rechifla, acompañada de un grito victorioso:

—¡Ranas cerotaas! —repetían los reclusos. También aplaudían y reían a carcajadas.

Días después del incidente, el comandante del GT Barrios me dijo que aunque no metía las manos en el fuego por sus subalternos, descartaba un vínculo de su soldado bromista con la otra pandilla. El coronel “Lobo” –cuyo nombre real es confidencial por razones de seguridad— sacó esa conclusión tras interrogar a un desdibujado soldado al que ya no le causaba gracia su broma.

—Es que quería desquitarme, mi coronel. ¡Ya mucho estaban chingando! —intentó excusarse el soldado.

Le dije a Lobo que parecía que los militares y los pandilleros ya estaban librando una guerra que todavía no ha empezado, porque no hay nada confirmado entre los asesinatos y un supuesto plan de la Mara Salvatrucha para ordenarlos. Le confesé mis sospechas, y le dije que el estrés es un arma de doble filo cuando no se sabe manejar. Lobo me pidió que lo acompañara al campamento y cuando se topó con dos subalternos los detuvo y les preguntó:

—¿La libertad? —cuestionó.

—¡No tiene precio, mi coronel! —respondieron los otros tres.

—¿Las palabras y las ofensas? —siguió.

—¡No dañan! —contestaron.

Voz de mando

El coronel Lobo es un veterano de la guerra civil que peleó en uno de los batallones de reacción inmediata, esos comandos entrenados por el ejército estadounidense en los ochenta. Es un tipo bajito al que le gusta ver películas de guerra junto a sus soldados. Un martes por la noche mirábamos Enemy at the gates, esa en la que Jude Law interpreta al famoso francotirador ruso Vassili Zaitsev, elevado a la categoría de héroe nacional en la batalla por Stalingrado. Entre las escenas, el coronel Lobo hablaba sobre la Segunda Guerra Mundial, las estrategias, el plan que hizo fracasar a uno u otro ejército. Sus oficiales subalternos asentían.

Estábamos en la sala de una vieja casona de pueblo donde por la noche corretea una familia de ratones, en dirección a la cocina. Detrás de nosotros una cortina verde olivo que hace las veces de puerta escondía el mando general: cuatro escritorios con computadoras y mapas de la zona colgados en las paredes. En un pasillo ubicado detrás de la sala, estaban los equipos de radio comunicación. Al otro lado, el comedor, la cocina y una nana que atiende a los soldados todos los días.

Esa tarde, Lobo me dio una gira por el perímetro. Detrás del penal, un soldado le explicó que al fin habían descubierto la madriguera de una guatusa (un pezote o coatí) y la cueva de una culebra en la quebrada, donde inicia un pequeño cafetal. Antes de que los soldados llegaran, aquí había pequeñas champas desde donde alguien lanzaba objetos ilegales hacia dentro del penal. Ahora los soldados, en el aburrimiento del vigía, se entretienen con la fauna del lugar.

Antes de hacer el recorrido, en el cuarto de mando, también le dije al coronel que parecía que el ejército, en el contacto diario con los reclusos y sus familiares, estaba jugando a sacar chispas con los puños de sus enemigos, para ver quién aguantaba más. Lobo, que ya estaba sentado y relajado –y había guardado una antena que utilizó de señalador para explicarme un mapa colgado de la pared, como lo hacen los generales en batalla— meditó algunos segundos antes de responderme:

—Puede ser. Pero, ¿qué podemos hacer? Yo le digo a la tropa que la libertad no tiene precio y que las palabras y las ofensas no dañan. Esta misión molesta porque ellos quieren que regrese la flexibilidad. Pero nuestra labor evita que allá afuera una familia se quede sin un padre o que un negocio sea renteado. ¿Usted ve a todas esas mujeres allá afuera? Son de cuidado. Lo que ellas entren o saquen puede significar la vida o la muerte para usted, para mí, para cualquiera.

Le pregunté a Lobo sobre las denuncias de maltratos, sobre los incidentes como el del rótulo.

—Nuestra misión es tratar a la gente apegados a los derechos humanos. Pero eso no quita que hagamos un trabajo riguroso.

El ministro de Defensa tiene una respuesta muy parecida para explicar el descontento de la población que visita las cárceles. Según él, aquello que la gente puede entender como prepotencia o maltrato no es más que una voz de autoridad, de mando. Una voz criada en la cultura militar que para un civil es ininteligible.

—Ahí no funciona el protocolo del Ministerio de Relaciones Exteriores, sino un principio de autoridad. Desde el momento en que tú estás ahí verás que hay una autoridad y la autoridad es quien tiene el control.

Dos semanas antes del incidente con el rótulo, a otro militar —de mayor rango— se le salió la autoridad. Este oficial —apodado por los pandilleros como “Alucín sin pega”— mide casi dos metros y se la pasa revisando todos los puntos en donde hay un soldado custodiando. Entra y sale del penal y todos le responden “sin novedad”, como a Lobo. A veces intercambia palabras con el director Ruiz. Cuando eso ocurre pasa enfrente de la reja que conduce a los sectores, donde siempre hay coordinadores de los reos intentando dialogar con los custodios para pedir agua, comida, enfermería… Hace cuatro semanas, desde ahí, un pandillero de cuarenta años, líder de uno de los sectores, le pidió que por favor hiciera algo para que sus soldados dejaran de tratar tan mal a sus mujeres en los registros y cateos. Al oír aquello, “Alucín sin pega” le respondió:

—¡Dejen de estar matando a nuestros compañeros allá afuera, pues!

La batalla que nace detrás de las cortinas

—¿Nombre? —preguntó una militar.

Y la mujer, joven, sin maquillaje, en chancletas transparentes, respondió sumisa los datos de su marido. Un día después de patrullar con los soldados, Lobo me permitió estar presente a la hora del registro. Ver cómo trabaja su tropa.

—¿Última vez que vino de visita? —preguntó la oficial.

La mujer dudó unos instantes.

—¿No se acuerda de la fecha? ¡Tiene que acordarse de la fecha para que la dejemos entrar! —la apremió.

La mujer guardó silencio y se disculpó mirando hacia el suelo. La oficial ordenó a otro soldado que buscara el nombre de la mujer en la lista de febrero, con los datos del carné. Cuando la encontró, la mujer le dijo a la visitante:

—Recuerde que debe memorizar la última vez que vino.

—¿Puedo pasar? –preguntó, siempre cabizbaja.

—¡No! —contestó la oficial—. Esa falda está muy corta. Ya les dijimos que el revuelo tiene que llegar hasta las pantorrillas. Vaya a cambiársela y después regresa.

La mujer regresó con otra falda e hizo fila para entrar al cuarto del cacheo. En esta fila, a las mujeres las hacen esperar más de media hora, hasta que deciden comenzar a cachearlas. A veces esperan más tiempo. Luego las introducen en un cuarto donde hay una mesa y dos sillas escaneadoras que no utilizan porque ya no funcionan. Al fondo del cuarto, cuatro cubículos que se asemejan mucho a los vestidores de un almacén donde se vende ropa: cada uno con una cortina que se corre y deja al descubierto un espacio cuadrado en el que caben dos personas. Una es la mujer que visita, la otra es la mujer militar que “cachea” con el garret y luego con las manos enguantadas.

—Siempre encima de la ropa, nunca debajo ni en las partes íntimas. Cuando hay una sospecha de que llevan algo ilícito siempre llamamos al personal de enfermería del penal —me dijo una oficial del GT Barrios.

Lo curioso es que los cuatro días que visité la cárcel, la enfermera siempre estaba adentro de los sectores, atendiendo a los internos. Le pregunté por esa coordinación al director y me respondió que no existía tal cosa.

—Desde que yo estoy aquí, a mí nunca me han solicitado que el personal de enfermería del penal vaya a hacer ese tipo de registros. Le puedo asegurar que esos registros no los hace gente mía —respondió Félix Ruiz, que es director de Barrios desde febrero de 2010.

Sin duda el ejército ha detenido el ingreso de objetos ilícitos en los centros penales. Solo el GT Barrios cuenta más de veinte mil registros y cientos de decomisos de junio de 2010 a marzo de 2011. Sin duda, también, aquellas mujeres que alguna vez intentaron meter algo ahora ya no se la juegan. A Barrios cada día intentan ingresar de visita, en promedio, treinta mujeres. En todo el año 2010, la Policía procesó a veintidós por tráfico de ilícitos hacia el penal. Este año, hasta marzo, solo habían procesado a dos. Pero los registros generalizados continúan y se vuelven más famosos.

Una mañana de miércoles, un sargento de la policía llegó hasta el penal para compartir cierta información con el director Ruiz, pero cuando lo llevaron al área del registro para hombres se negó al cacheo, que se diferencia del de las mujeres porque no se hace en un cuarto cerrado. El sargento, un ex policía nacional, se imaginó lo peor al ver al soldado enguantado y salió gritando del lugar:

—¡Yo soy la autoridad! ¡A mí no me van a tratar como a un delincuente! ¡Ábrame la puerta que ya no voy a entrar!

Al otro lado, las mujeres en faldas blancas, asoleadas, comentaron entre susurros la escena. Algunas rieron.

Visita de domingo

La primera vez que visité Barrios —un jueves de inicios de marzo— intenté que algún representante de la pandilla me diera una postura sobre las  acusaciones que afuera les achacan. Desde detrás de la reja de acceso a los sectores, tres pandilleros me ofrecieron un trato: “Si querés que te contestemos esas preguntas, tenés que ver primero cómo están tratando a nuestras mujeres”.

Para los soldados, la mitad del enemigo viste con faldones blancos casi transparentes que caen hasta las pantorrillas y  blusas igual de claras. También calzan chancletas de plástico transparente. Visten así porque así se lo exige el ejército. Una exigencia nacida de la desconfianza: “En las comisuras de los pantalones han aprendido a esconder droga, chips y dinero. La suela de las sandalias de color las cortan a la mitad y en medio o en los tacones intentan introducir chips para celulares”, me explicó una de las militares que cachea a las mujeres de la pandilla.

Los militares tienen más contacto con estas esposas, madres y abuelas que con los presos. Un año y medio después de convivir juntos, ellas lo están pasando mal.

Fuentes de inteligencia señalan que hay setenta casos sobre la mesa del Gabinete de Seguridad del gobierno que hablan de mujeres sometidas a vejaciones y reclusos maltratados. Contra las mujeres hay desde registros indecorosos —mujeres militares que les registran el ano y la vagina para detectar objetos ilícitos— hasta castigos caprichosos: las dejan durante horas bajo el sol antes y después de la visita. A algunas las han obligado a tomar aceite de ricino como purgante; a otras, a hacer ciento cincuenta flexiones de piernas para que expulsen lo que haya que expulsar.

—Se les está yendo la mano… bueno, más bien los dedos —me dijo, ironizando, una fuente de inteligencia, hace tres semanas.

Pero el detalle de las denuncias —que ya están saturando la Procuraduría de Derechos Humanos— no ha salido a la luz pública. Al preguntarle sobre ellas, el ministro de Defensa dice que son un complot, un plan de desestabilización de las pandillas. Está convencido de que quieren sacar de los penales la bota militar.

—Pudiera ser que a alguien se le vaya la mano. Pero esa no es la generalidad. Son situaciones excepcionales. El noventa y ocho por ciento de las denuncias son infundadas. Cualquiera puede ir a denunciar y son tantas las denuncias que la PDDH no puede investigar. No puede, sencillamente. No se da abasto —dice el ministro de Defensa.

En la Comisión de Derechos Humanos de la Asamblea Legislativa hay un informe enviado por el procurador Óscar Luna en donde se habla de treinta y cuatro denuncias hasta enero de 2011. Los denunciados son los soldados que cuidan los penales de Barrios, San Francisco Gotera y Chalatenango, penales dominados por la Mara Salvatrucha; Cojutepeque, Izalco y Quezaltepeque, donde predomina Barrio 18;  y Zacatecoluca, con presos de ambas pandillas y reos comunes.

“Esta Procuraduría se encuentra en la actualidad documentando una gran cantidad de denuncias presentadas por mujeres que visitan los centros penales que están bajo responsabilidad de la Fuerza Armada, sobre las cuales se emitirá un informe especial en el que se detallarán las denuncias y se establecerá si la actuación de los soldados ha sido violatoria de los derechos humanos”, dice el informe.

El domingo trece de marzo visité el chalé ubicado frente al penal. Me dijeron que ahí me reuniría con la “Señora S”. Una mujer jugaba con tres celulares dispuestos sobre una mesa de madera. Llevaba jeans y camisa negra. Desentonaba con las otras treinta mujeres que al otro lado de la calle —vestidas con los faldones largos de tela blanca— hacían cola para ingresar al penal. Otra mujer que acababa de salir del penal llegó al chalé y pidió a la dueña que le prestara el cuchillo de cocina.

—¿A quién vas a descuartizar, vos? —le preguntó, en broma, la mujer de la camisa negra.

—Ya me voy a llevar a uno de estos cabrones (militares) —contestó la otra. Ambas rieron. La mujer tomó el cuchillo y cortó dos botones de tela que colgaban de su camisa blanca a la altura de los senos. Primero el izquierdo, luego el derecho—. ¡Pura mierda! —exclamó.

La camisa, según los militares, debe ser blanca. Blanca y lisa. La mujer de la camisa negra compartió un “ya la cagan” antes de prestarme atención de nuevo:

—Con ese nombre (señora S) puede haber un montón —me dijo.

En eso se abrió la puerta de entrada del penal. De la puerta salieron tres soldados fuertemente armados con los rostros cubiertos. Rodeaban a una mujer soldado, igual de cubierta pero sin armas. Ella llevaba dos guantes de látex cubriéndole las manos. De esos guantes blancos y esterilizados que utilizan los médicos. Fueron a catear un microbús que había estacionado en ese lugar. El pequeño grupo regresó a la puerta minutos después del registro. Mientras les abrían, la mujer soldado elevó la mano derecha frente a su rostro y estiró la punta de los guantes frente a las visitantes de la fila. Lo hizo mientras le decía algo a su compañero. Luego, ambos se carcajearon. Lo que comentaron disgustó a las primeras de la fila, a juzgar por la reacción en sus caras, que se buscaban las unas a las otras con el ceño fruncido. La puerta se cerró de nuevo. Eran las diez de la mañana.

Minutos después, la puerta del penal volvió a abrirse y de ella salió una mujer joven, guapa, llorando. Nunca supe qué le sucedió. En eso, otras tres mujeres llegaron a saludar a la de la camisa negra. Una de ellas, de pelo corto, me miró de pies a cabeza, me sonrió y luego se fue. Cuando lo hizo, diez mujeres de las que hacían cola se acercaron al chalé y comenzaron a quejarse de los militares. Hablaron de un aborto provocado por una “cueveada”, de un papel que les hacen firmar en donde dice que ellas ingresaron ilícitos al penal…

—¡Anote, anote lo que nos hacen! —me pidió la mujer de la camisa negra.

En esas estaba, anotando sus quejas, cuando noté que un militar de dos metros cruzaba la calle en dirección mía. Me abordó fuerte, golpeado, con voz de mando y me pidió mis papeles.

—¿Cuánto tiempo lleva de periodista? —preguntó, mientras observaba mi credencial.

—Ocho años.

—¿Ah, sí? ¿Ocho años? ¿Y no sabe que tiene que pedirme permiso para estar aquí?

—No veo por qué si no vine a hablar con usted. Vine a hablar con ellas.

El soldado se enfureció. Habló más fuerte, más golpeado y a la altura de la boca el pasamontañas se le humedeció por completo.

—¡Estas mujeres no son mujeres de unos santos! Pregúnteles cómo las registramos a ver qué le dicen. Pero que le digan la verdad. Que le digan también todo lo que intentan meter ahí adentro. Me cuenta luego. Ya regreso.

La mujer de la camisa negra me miró, se compadeció de mis nervios y me dijo:

—Estos hijos de la gran puta a saber qué se creen, ¿verdad?

Me levanté, bajé la calle que conduce al pueblo intentando encontrar la señal del teléfono. Hasta ahí me alcanzó el militar de dos metros. Me dijo que lo disculpara, que entendiera que esa es una zona conflictiva y que no había problema de que me quedara.

—Pero tenga cuidado. Estas viejas son parte del enemigo. Son traicioneras. Si le piden que se mueva, quédese ahí. Así está a la vista de mi gente.

Regresé con las mujeres del chalé y me preguntaron qué me había dicho “Alucín sin pega”. Les contesté que me dejarían estar. En hora y media, por el chalé desfilaron una veintena de mujeres quejándose del maltrato. Y de la puerta del penal, a cada rato, salía una que otra mujer ora puteando, ora buscando otra falda u otra camisa. Una mujer embarazada me enseñó luego un papel de una unidad de salud de Candelaria de la Frontera, Santa Ana, que hacía constar que su embarazo no era de alto riesgo.

—¿Ya le contaron del aborto que provocaron? Desde hace un mes están pidiendo esto porque como a una, embarazada, también la cuevean, quieren curarse en salud para que no vuelva a pasar —me dijo.

Una semana después, en el penal, a otra mujer embarazada no la dejaron entrar porque un permiso similar tenía siete días de caducidad. “¡Tiene que tener cuarenta y ocho horas de vigencia!”, le dijo la mujer soldado.

Al mediodía del domingo, al chalé volvió a acercarse una cara conocida. Era la mujer de pelo corto que me había visto de pies a cabeza dos horas antes. Ella se había ido, entendí, porque logró entrar a la visita. Acababa de salir por la puerta del penal.

—Ya platicó con las muchachas, ¿verdad? ¿Ya vio cómo nos tratan? Dice mi esposo que muchas gracias.

La mujer se levantó y se marchó. Yo hice lo mismo.

Si te tratan como animalito…

Tres días después de la visita a las mujeres regresé al penal. El director permitió que salieran tres pandilleros a quienes la Mara Salvatrucha dio autorización para hablar en nombre de su gente. Dos de ellos rondaban los cuarenta años. Otro era más joven.

—¿Por qué se generó la guerra en el pasado? —contestó uno de ellos, luego de preguntarle si la MS había ordenado matar militares y policías—. Por tantas injusticas, por tantas violaciones a los derechos humanos —se respondió a sí mismo—. No es una decisión de la MS hacer eso. Allá afuera están nuestros compañeros… y nosotros estamos aquí adentro, limitados de muchas cosas. Pero afuera no están limitados.

El director nos prestó un cuarto que alguna vez funcionó como sala de entrevistas. En la pared hay un vidrio, y detrás del vidrio otro cuarto desde donde puede verse todo. El que habla está sentado en medio. Sus compañeros, a los lados, asienten a todo lo que él dice. Afuera, un custodio nos vigila.

—Un animalito, si le pegan una patada, lo van a agredir. Y así somos los seres humanos: si nos golpean, golpeamos. Si nos tratan, tratamos. Allá afuera, cuando agarran a nuestros compañeros no los detienen por un delito, sino por ser pandilleros.  Muchos han desaparecido y luego han reaparecido muertos. Y han sido autoridades: policías y militares. Si allá afuera agarran compañeros y los desaparecen, la misma respuesta van a tener.

—¿Un pandillero de afuera puede actuar sin recibir órdenes de Ciudad Barrios?

—En ningún momento hemos girado palabra para que atenten en contra de ellos. Si lo hacen lo hacen individualmente por los casos que se dan contra nosotros. La vez pasada choqué con un soldado con rango y me dio a entender que ellos tratan así a nuestras familias por lo que está pasando allá afuera.

—Y eso a ustedes los enoja.

—Están probando su fuerza con nosotros. Están haciendo esto y no saben que están despertando un monstruo que tal vez no lo van a poder parar. ¿Por qué? Porque como pandilla estamos a nivel nacional e internacional. Si venimos y nos ponemos de acuerdo, podemos causar mucho daño. Pero no es nuestra intención. No queremos llegar a ese extremo. Lo que queremos es que se nos trate como personas. Si estamos nosotros pagando por un delito, ¡somos nosotros! Nuestra familia no tiene derecho a pasar esos bochornos, esos maltratos.

—¿Sus mujeres siguen intentando meter ilícitos?

—Si yo cometo un ilícito la ley es individual contra mí. Si por A o B motivo, el visitante cae en un ilícito, la ley es individual para ella. Pero aquí generalizan la ley, y porque encontraron a una persona con un ilícito hacen este procedimiento a todo  tipo de personas, minimizando el ingreso, más restricciones, etcétera. ¿Eso es justicia? —respondió el más joven, sentado a la izquierda.

—¿Hasta dónde aguanta la pita?

—Si la registradora hace bien su trabajo … si le va a meter el dedo por la parte frontal que lo haga… ¡Pero le quiere meter el dedo por el ano! Si en la vulva le mete el dedo y le puede tocar atrás…

Mientras el del centro respondía, el del extremo derecho se retorcía en su silla. Cuando ya no aguantó más, calló a su compañero:

—¡Hey! ¡No! Permíteme… —le dijo.

—¡Ni adelante ni atrás! Es una falta de respeto para nosotros. ¡Hey! El gobierno tiene que tener lo necesario, para eso tiene dinero, para no meterse con la dignidad de una abuela, de una ancianita, de una mujer embarazada. ¡De ninguna manera vamos a estar de acuerdo con que les estén metiendo el dedo por enfrente o por detrás a nuestras familiares!

Los tres pandilleros me aseguraron que ni locos sus homeboys se atreverían a enfrentarse con el ejército en un combate armado, como aseguran las autoridades. Insistieron en que la fama que le han dado a la MS en Ciudad Barrios es para justificar la represión, que ese plan del que hablan es falso. La entrevista con los pandilleros de la MS terminó con otra petición de su parte. Me pidieron que fuera a constatar en San Francisco Gotera, en Morazán. Allá, denunciaron, los militares están golpeando a los reos.

El miércoles veintitrés de marzo, el director de ese penal, Jerónimo Reyes, permitió que habláramos con dos pandilleros activos recién trasladados desde Ciudad Barrios. Ellos contaron que a la hora de ingresar los metieron al cubículo, que se parece a un cambiador de ropa de un almacén, para realizarles el cacheo. Primero uno y a los treinta minutos el otro. Cuando estuvieron adentro, después del registro, otros dos soldados se metieron al cubículo. “¿Llevás palabra? ¿Quiénes son los líderes? ¡Dame nombres! Con que pandillero, ¿no?”, les preguntaron. Luego los golpearon, explicaron, a cada uno, entre los tres militares.

—Nunca en la cara —me explicó uno de ellos, mientras levantaba su camisa. El morete que todavía llevaba en la costilla izquierda, según me contó, tiene un mes y no se le borra.

El director de San Francisco Gotera me confirmó que ya había trasladado la denuncia de los reos al comandante del Grupo de Tarea y a la Dirección de Centros Penales. En la mañana de aquel miércoles, también Derechos Humanos llegó a verificar si la denuncia era real o no.

Para saber más de la Mara Salvatrucha, lee también Jonathan no tiene tatuajes

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Honrarás a Gay Talese http://revistamarcapasos.com/cronicas/honraras-a-gay-talese/ http://revistamarcapasos.com/cronicas/honraras-a-gay-talese/#comments Wed, 10 Aug 2011 19:26:48 +0000 ANDREA DAZA TAPIA http://revistamarcapasos.com/?p=4845 Lo mejor de Honrarás a tu padre está en el epílogo. Gay Talese lo añadió en 2009 y cuenta lo que más interesa: cómo lo hizo. El libro lo publicó por primera vez en 1971. Narra la historia de la familia Bonanno: las raíces italianas de Castellammare, la llegada a Nueva York, la fundación de La Familia en mayúsculas, el funcionamiento de los capos de la mafia. El crimen organizado en esa ciudad. Todo a partir de la historia del heredero: Bill Bonanno, el hijo mayor, el que asume vivir a la sombra de su padre, el que sigue la senda porque acepta su destino. Pero es más que eso. Mucho más. Son las tribulaciones familiares. Literalmente lo que pasa por sus cabezas, lo que cruza sus corazones.

En ocasiones, parece una novela íntima. Rosalie, la Profaci que se casó con el Bonanno y en cuyo ostentoso matrimonio se inspiraría aquel otro que rodó Coppola en El Padrino: el de Connie Corleone. “La boda y la recepción fueron todo lo que Rosalie soñaba, al igual que la luna de miel en Europa y su primer año de casados en Arizona”. La depresión vendría después. La infidelidad también. La asfixia de vivir rodeada de mafiosi, de los amici, de los uomini rispettati. “Con la esperanza de romper la monotonía de la depresión, Rosalie se tiñó el pelo de rubio, pues había oído en los comerciales de televisión que las rubias se lo pasaban mejor”.

En ocasiones thriller, en ocasiones Madame Bovary. En ocasiones cualquier género menos aquellos que abundan en la prensa.

Talese conoció a Bill Bonanno el siete de enero de 1965, en una asignación periodística. Era reportero de The New York Times y cubrió la comparecencia de Bill ante un gran jurado federal en el sur de Manhattan, luego de la misteriosa desaparición de su padre, Josep Bonanno. Eran tiempos de guerra para la mafia. Su obsesión, sin embargo, era distinta a la de los medios, copados de información oficial: “Me interesaba más saber cómo pasaban aquellos hombres las horas de ocio que sin duda llenaban la mayor parte de sus días, cuál era el papel de sus esposas, cómo era la relación con sus hijos”.

Talese consiguió lo que el FBI no pudo: que Bonanno cooperara con él. “Cuando lo conocí, Bill tenía una inmensa necesidad de comunicarse”. Y lo logró a tal punto que fue Rosalie quien sugirió el título. “Honrarás a tu padre fue el primer libro de no ficción que penetró en la sociedad secreta de la Mafia”. Nunca leyeron un borrador, nunca se dejó invitar por Bonanno. De hecho Talese le pagó a Bill un total de nueve mil dólares por el uso exclusivo de documentos personales. Además, derivó un porcentaje de las ganancias del libro (de una película y de los derechos de traducción) a un fondo educativo para cubrir las matrículas universitarias de los cuatro hijos de Bill, a quien dedica la obra. Todo esto, por supuesto, llevó a Talese a ser él mismo diana de investigaciones policiales.

Lo logró. Escribió la historia “íntima” que quería, “pero durante los años de investigación y escritura”, advierte, “me obligué a recordar continuamente que yo era un ‘intruso’, un observador que les debía lealtad sólo a mi editor y a mis lectores”.

Ya es hora de superar A sangre fría y que esta sea la lectura clave en las facultades de periodismo.

Escucha un    extracto de Honrarás a tu padre leído por Sinar Alvarado

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